domingo, 26 de octubre de 2008

ANNA POLITKOVSKAYA, PERIODISTA


CHECHENIA

LA DESHONRA RUSA

ANNA POLITKOVSKAYA

"Nada de patetismo. Nada

de sensiblería. Nada de afectación

en este relato escrito por una pluma

analítica y precisa"

André Glucksmann

POR UNA MÍSERA CERVEZA

Sultan Jadjiev, un médico cojo, jefe del servicio de cirugía del hospital de Grozni, el único que funciona desde que comenzó la guerra, se apoya pesadamente en un bastón para mover su cuerpo herido y retirar la colcha de una paciente acostada junto a la ventana, en la habitación número 1.

Sobre la cama yace un cuerpo de mujer, esa criatura divina ensalzada por los pintores y los poetas de todas las épocas y todos los países. Pero el cuerpo parece estar vacío, como un pollo al que se le han extraído todas las vísceras, y vuelto a coser.

La visión es insoportable. Los médicos abrieron a esa mujer desde el cuello hasta el pubis. Las líneas trazadas por el bisturí no son rectas: se ramifican como un árbol genealógico de la realeza. En algunas zonas, los puntos de sutura se han soltad y muestran llagas purulentas.

Junto a la mujer hay una enfermera. Acostumbrada a los enfermos en los hospitales militares, no toma precaución alguna: con ayuda de unas pinzas largas, hunde trozos de gasa en las llagas laceradas, como si se tratase de cavidades insensibles, como si actuase sobre un trozo de madera en lugar de un cuerpo. La enfermera farfulla: “Es necesario. Es gasa con un desinfectante. Te sentará bien”.

La mujer martirizada se llama Aichat. No llora ni siquiera cuando la enferma le clava las pinzas en el cuerpo. Su estado hace brotar lágrimas en los ojos de quienes la ven. Los ojos de Aichat solamente transmiten indiferencia. Hacia sí misma y hacia el mundo.

“No siento nada.” Mueve los labios grises en un intento de hablar y detener al mismo tiempo las perlas de sudor que le caen al rostro desde el pelo rojo oscuro. Pero le cuesta mucho. Los movimientos de los labios no se corresponden con las palabras que quisiera pronunciar. Tengo la impresión de estar viendo una película rara, doblada por una actriz que no respeta el ritmo del discurso.

-Me dispararon- intenta explicar Aichat con un último esfuerzo, luego de un breve desmayo-. A quemarropa.

-¡Dios misericordioso! ¿Por qué?

Intento comprender, una vez más. Y una vez más, la sinrazón gana la partida.

-¡Por una cerveza!

Hace dos semanas, un joven soldado ruso llamado Oleg Kuzmin, originario de una aldea de la región de Riazán, que cumple su servicio militar desde hace nueve meses, se sentó frente a ella en una cama, frente a Aichat Suleimanov, habitante de Grozni, de setenta yd os años, y le disparo a quemarropa cinco balas del calibre 5,45 mm, prohibidas por todas las convenciones internacionales. Estas balas cuyo centro de gravedad se encuentra desplazado, son totalmente inhumanas: describen extrañas trayectorias en el interior del cuerpo y revientan los órganos internos a su paso. Esto es lo que le ocurrió a Aichat en su propia casa, en un barrio de Grozni llamado Mitchurin.

Su hijo, un hombre adulto, se encuentra junto a ella en el hospital. Lleva días sin afeitarse. Esto significa que ha habido un entierro reciente en la familia. Me mira fríamente, con gran distancia. Me odia y no lo oculta.

A veces le entran ganas de hablar. Pero se contiene en mitad de la palabra, con gesto de disgusto: no es propio de ustedes compadecerse de nosotros… ¡No lo es! Un grito mudo y desesperado parece sumir la habitación entera en algo parecido a un torbellino: ¡No lo es! ¡No lo es!

Se refiere a nosotros, a los rusos.

El hijo de Aichat aprieta la barra de hierro de la cama del hospital con tal fuerza que los huesos de las falanges se le ponen blancos.

-¡No lo es!

-¿De quién es propio, entonces?

No oye mi pregunta muda… ¿No quiere? Más bien no puede.

La guerra pone a prueba a la gente sin pedirle opinión: a unos les afina el oído y a otros los vuelve sordos.

Pero, gracias a Dios, Aichat tiene ganas de hablar: necesita compartir su sufrimiento y, al hacerlo, aliviar un poco ese sufrimiento inmerecido, incomprensible y por ello aún más pesado de llevar.

-Nos habíamos acostado… De pronto, a las dos de la madrugada, me pareció oír un ruido en la puerta. Golpes en la puerta, a esa hora… con el toque de queda… no es buena señal. Pero estás en la obligación de abrir, de lo contrario es peor. Salimos a abrir mi marido y yo. Hay dos soldados en la puerta. Nos dicen: “¡Queremos cerveza!”. Yo respondo: “Aquí no vendemos cerveza”. Insisten: “¡Tráenos una cerveza!”. Entonces digo: “En esta casa no hay cerveza; nuestras leyes nos lo prohíben”. Contestan: “De acuerdo, abuela”. Y se marchan. Mi marido y yo volvemos a la cama ......[pág 12-15]



Me he tomado la libertad de transcribir una parte de sus relatos contenidos en Chechenia, la deshonra rusa, RBA, 2008 [ed. de bolsillo]