domingo, 28 de noviembre de 2010

CONVERSACIONES

Después de un tiempo largo vuelvo a emborronar mi cuaderno para escribir estas reflexiones que luego, en algunos casos, hago públicas en este rincón de la red. Con cierto retraso me hago eco de una conversación que escuché el pasado martes 23 de noviembre en la sede central de Cajacanarias. Los conversadores, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de Extremadura y el profesor José Álvarez Junco. El moderador Fernando Delgado, en su papel, pasó desapercibido, cosa que no habría sucedido si esa responsabilidad le hubiese tocado a Juan Cruz (no viene a cuento, pero tenía ganas de decirlo).

El núcleo de la charla estaba marcado por la memoria, pero discurrió por los caminos de la situación actual de este país, el papel de los partidos y derivó hacia la transición y el compromiso que se asumió en aquel momento por las principales fuerzas políticas, entre ellas los nacionalismos que aceptaron participar moderando sus ansias soberanistas, a cambio de una representación y un peso significativo en el parlamento nacional, a costa de confeccionar una ley electoral “asimétrica” e injusta en la representación.

Animada charla con dos personas con nivel intelectual, actores en distintos ámbitos de la última etapa de la Historia de España y con visiones complementarias y realmente con pocas discrepancias. A destacar el dominio de los resortes del “hablar en público” del ex presidente Rodríguez Ibarra al que se le notan las tablas que da el haber hecho más de una campaña electoral. El profesor Álvarez Junco más académico y encorsetado le falta algo de soltura para entusiasmar al auditorio.

Destacar algunas ideas que allí se debatieron, la pena es que no se permiten preguntas por parte del público. Una de ellas es la situación actual para la ciudanía que no sabemos lo que puede ocurrir en este panorama tan cambiante. Rodríguez Ibarra afirmaba que lo peor que puede suceder a los ciudadanos es la espera, y como ejemplo colocaba esa espera a la puerta de la unidad de cuidados intensivos. La verdad es que discrepo, porque ahora no estamos a la espera, sino que es la ciudadanía quien está en cuidados intensivos y lo peor es que el equipo médico está reunido y consultando las “Páginas Amarillas” como fuente de conocimiento. Esa si puede ser la visión más ajustada, porque cada día nos despertamos con nuevas sorpresas y mensajes un día esperanzadores y otros con tonos dramáticos, hasta el punto de señalarnos a nosotros, los trabajadores y pensionistas como quienes vamos a soportar la crisis y pagar los platos rotos de una fiesta en la que poco hemos participado y, además, tenemos que cargar con las deudas del casino al que algunos acudieron y acuden con los dineros ajenos.

Como no podía ser de otra manera, los nacionalistas tomaron el centro de la conversación a partir del momento en que, según Rodríguez Ibarra, traicionando el compromiso de renunciar al soberanismo, a algo tenían que renunciar, para obtener la amplia representación que tienen en el parlamento nacional y negociar cada día mayores cuotas de autogobierno y con deslealtad ahondar en las tesis soberanistas en detrimento de la convivencia que aceptaron. Ambos conversadores vuelcan una parte del peso de la situación política en España al papel que han jugado los nacionalismos a lo largo de este periodo, por la deriva que han tomado, en el que han forzado la situación, coaccionando al gobierno central y así impedir la gobernabilidad. Tampoco quedó al margen la actitud del Partido Popular que con la que está cayendo no ofrece nada más que argumentos para la pelea callejera. Cabría añadir que hasta los propios partidos de implantación nacional, bien el Partido Popular y el Socialista Obrero Español, han coqueteado con mensajes equívocos compartiendo las tesis nacionalistas y utilizando la condición de agraviado permanente como recurso contra el gobierno central.

La solución desde el punto de vista política que permitiría clarificar el panorama para los españoles sería, según los intervinientes, un gran pacto similar al que dio lugar a la transición, pacto que permitiría retomar impulso y adquirir compromisos políticos para un largo recorrido similar al transcurrido desde la muerte del dictador y que ha permitido la convivencia y determinados logros en los que era necesario el acuerdo mayoritario de todas las fuerzas políticas. Puede que esa sea una posible solución más complicado es alcanzar algún acuerdo y a las pruebas nos podemos remitir.

LECTURAS: EL SUEÑO DEL CELTA. MARIO VARGAS LLOSA


Mario Vargas Llosa en el prólogo de “El fantasma del rey Leopoldo” de Adam Hochschild, Península-Altaya; 2002, escribía: “Pero quienes, a base de una audacia y perseverancia formidables consiguieron movilizar a la opinión pública internacional en contra de las carnicerías congolesas de Leopoldo II, fue un irlandés, Roger Casament, y el belga Morel. Ambos merecerían los honores de una gran novela” [ob. cit. pág. 10]. Nueve años después, el prólogo a esa importantísima obra lo escribió un año antes, de la publicación de El fantasma del rey Leopoldo, y ya ahí anunciaba, no sé si intencionadamente o no, lo que hoy es una realidad: “El sueño del celta”, Alfaguara, 2010, lo más reciente novela del también reciente premio Nobel de Literatura.

El protagonista de esta excelente novela, Roger Casament [1864-1916], irlandés de nacimiento tiene una vida que se presta a ser novelada porque desde su lucha por hacer público el genocidio perpetrado por Leopoldo II, de inmundicia humana lo tilda en el prólogo citado Vargas Llosa, y los desmanes del mismo calado de la compañía de Julio C. Arana, la Peruvian Amazon Company en Perú, empresa con capital inglés, que multiplica, si cabe, las atrocidades que ya Casament había presenciado en su estancia en el Congo. Esta lucha por desenmascarar estos genocidios, se une su nacionalismo violento, que busca ayuda en la Alemania de la Primera Guerra Mundial para favorecer una insurrección en Irlanda y así acabar con el dominio inglés, aunque era consciente de lo improbable de ese final.

A todo esto hay que unirle su homosexualidad no declarada que le llevaba a una doble vida, que lastraba su existencia por las carencias afectivas en las que estaba envuelto. Los encuentros ocasionales en tabernas de mala muerte, “hoteluchos” de peor calaña son los escenarios de sus escarceos amorosos.

Con todo esto, que no es poco, Vargas Llosa construye una obra que sobrepasa los límites de la novela y casi se convierte en el reconocimiento a este personaje que por su truculenta vida, su nacionalismo violento, se le rodeó de una maraña de verdades a medias, mentiras interesadas creando así una imagen que ni para sus propios correligionarios irlandeses y católicos dejó un lugar en la memoria.

No sigo porque desvelaría lo que Casament vivió y Vargas Llosa novela en el sueño del celta. Les dejo con algunos párrafos. Espero que la disfruten.

“-Haré una investigación. Si el teniente Tanville ha cometido o amparado exacciones, será castigado –dijo el capitán-. Los soldados también, por supuesto, si se excedieron en el uso del chicote. Es todo lo que puedo prometerle. Lo demás está fuera de mi alcance, corresponde a la justicia. Cambiar este sistema no es tarea de militares, sino de jueces y políticos. Del Supremo Gobierno. Eso también lo sabe usted, me imagino.

En su voz había asomado de pronto un tonito desalentado.

-Nada me gustaría más que el sistema cambiara. A mí también me disgusta lo que ocurre aquí. Los que estamos obligados a hacer ofende mis principios –se tocó la medallita del cuello-. Mi fe. Yo soy un hombre muy católico. Allá, en Europa, siempre traté de ser consecuente con mis creencias. Aquí, en el Congo, eso no es posible, señor cónsul. Ésa es la triste verdad. Por eso, estoy muy contento de volver a Bélgica. No seré yo quien ponga otra vez los pies en África, se lo aseguro.

El capitán Junieux se levantó de su mesa, se acercó a una de las ventanas. Dando al cónsul la espalda, estuvo un buen rato callado, observando a aquellos reclutas que jamás lograban a compasar la marcha, se tropezaban y tenían torcidas las filas de formación.

-Si es así, usted podrá hacer algo para poner fin a estos crímenes –murmuró Roger Casement-. No es para esto que los europeos hemos venido a África.

-¿Ah no? –el capitán Junieux se volvió a mirarlo y el cónsul advirtió que el oficial había palidecido algo-. ¿A qué hemos venido, pues? Ya lo sé: q traer la civilización, el cristianismo y el comercio libre. ¿Usted todavía cree en eso señor Casement?”[ob. cit. págs. 100-101]

lunes, 1 de noviembre de 2010

LECTURAS: LA MUERTE DEL ADVERSARIO. HANS KEILSON


Creo que Hans Keilson con “La muerte del adversario”, Minúscula, 2010 trae de nuevo al primer plano de la atención de los lectores lo sucedido en los momentos previos en los que el nazismo llega al poder en Alemania. Lo que se vive en una familia desde la óptica de un niño es donde arranca este relato que deja los interrogantes abiertos de cómo y por qué se llega a la situación que ya todos conocemos.

El relato se vuelve más intimista cuando el miedo juega un papel que sobrepasa esa concepción que tenemos del miedo como elemento de prevención, cuidado no puedo hacer esto o aquello por miedo a…, lo que nos propone Keilson es una situación donde el miedo va más allá y llega hasta intentar entender al enemigo al causante de los daños que sufres y los que ocasiona a su alrededor. La historia de los alces que mueren porque no tienen a los lobos es sintomática de una situación en la que parece darse a entender que no podríamos vivir en una sociedad donde el miedo no formara parte nuestra existencia, aún más que el mismo da razón a esa existencia.

Reconozco que me ha creado cierto desasosiego esta lectura, pero es muy recomendable, así que les dejo con algunos párrafos. Espero que les resulten interesantes.

“Mi enemigo (al que llamaré B.) llegó a mi vida, lo recuerdo perfectamente, hace unos veinte años. Por aquel entonces yo tenía una idea más bien confusa de lo que significa ser enemigo el enemigo de alguien, más aún de lo que significa tener enemigo. Las enemistades, lo mismo que las amistades, deben madurar con el tiempo.

A menudo oía a mi padre y a mi madre hablar de ello, generalmente los misteriosos susurros que empleaban los adultos para que nosotros, los niños, no los oyéramos. Sus palabras adoptaban un aire confidencial, desconocido hasta entonces. Hablaban para ocultar algo. Pero los niños aprenden a oír y a interpretar los secretos y los miedos de los mayores y así se vuelven más fuertes. Mi padre decía:

-Como B. llegue al poder, ¡qué Dios se apiade de nosotros! Lo que nos espera…

-Quien sabe, a lo mejor no sucede –replicaba mi madre, más serena-. Tampoco es que sea un hombre tan importante.

Aún los veo ante mis ojos, mientras estaban ahí sentados y hablaban. [ob. cit. pág. 16]…

Pero con el tiempo fue peor.

Todo comenzó cuando algunos niños de mi edad, o incluso algunos mayores, a quienes yo nunca había hecho nada, comenzaron a atormentarme y a perseguirme. Pronto me quedé solo. No tardé en darme cuenta de que no se trataba de las bromas y las riñas infantiles de antaño. La actitud de aquellos niños parecía fundamentarse en cierta reflexión, sus actos eran claramente meditados. Me excluyeron de sus juegos

Yo acudí llorando a mi madre y le conté mi pena.

-No me dejan jugar con ellos- le dije con los puños apretados, tratando con mi tensión de evitar que se diera cuenta de que estaba llorando. Pero lo cierto era que lloraba.

Ella le quitó hierro al asunto y dijo:

-Pídeselo otra vez, ya verás como te dejarán.

-No- respondí yo.

-Tú pídeselo. Repitió ella con voz cariñosa-, vuelve a intentarlo. A lo mejor has hecho algo para que se enfaden.

-Yo no he hecho nada –repliqué, furioso- y ellos no me dejan jugar, no me dejan. Estoy seguro, no me van a dejar.

-Pronto pasará- intentó tranquilizarme ella, pero por su voz me di cuenta de que ella tampoco lo creía.

No servía de nada. Por mucho que cerrara los puños, las lágrimas me caían por el rostro sin que yo me diera cuenta de que estaba llorando. Me avergonzaba de mí mismo y solo me lloraban los ojos: mi voz y mi cuerpo permanecían inalterables. Los sentimientos de dureza y tenacidad se habían apoderado de mí y eran mayores que el dolor y la sensación de exclusión”. [ob. cit. pág. 65]

DINO BUZZATI Y LOS CAMBIOS DE HORA


Confieso que esto de los cambios de hora me produce un cierto trastorno y no es biológico ni nada parecido. Se trata de cambiar la hora en los relojes, que son algunos. Tengo que reconocer también que el problema puede estar en que tengo más de la cuenta, casi se puede decir que los colecciono.

A lo que iba, algunos son fáciles de cambiar la hora, vueltas a la ruedecilla y ya está terminado, sin embargo hay otros que tienen procedimientos complejos, y no es lo que diga yo, (otras personas lo han intentado) sino que hay que hacerlo con manual de instrucciones en la mano y seguir una traducción nefasta donde se explican los numerosos pasos que hay que dar, aún así no es sencillo el proceso.

Tengo la sensación de que estos modelos están hechos para resistir los cambios, no están de acudo con ellos y de esa manera se resiste, o quizás intentan evitar las estrías del tiempo y así nos evita el desasosiego que se produce cuando se cae en una de esas estrías. Dino Buzzati (1906-1972) en sus relatos nos deja con la intriga de si sucedió o no.

Les dejo con un relato recogido en “Las noches difíciles”, Acantilado, 2010

ESTRÍAS DEL TIEMPO

El tiempo, ya se sabe, es irreversible. No obstante, como el fatal descenso de los ríos consiente aquí o allá regolfos, remolinos, contraolas, que casi podrías suponer excepciones a la ley de gravedad, así, en la inconmensurable trama del tiempo, de cuando en cuando se originan pequeñas hendiduras, obstáculos, estrías, que, por unos instantes, nos dejan suspendidos en una dimensión oculta, en los extremos confines de la existencia.

EL MÁRTIR

El pasado noviembre me dirigía en coche de Milán a Erba. Era una tarde, más que neblinosa, oscura y siniestra, de modo que eran pocos los conductores. Tras la rotonda de Monza, una vez enfilada la autovía hacia Inverigo, justo en la mitad de la primera curva larga, el cono de luz de los faros auxiliares alumbra a un joven el arcén de la calzada: alto, con un largo chaquetón de cuero hippie, abundante cabello rubio como electrizado formando una aureola, levanta las manos como implorando ayuda, con el rostro muy pálido con expresión de inmenso terror.

¿Qué es? ¿Qué quiere? ¿Por qué parece tan espantado? A esa hora, en aquel lugar desierto era para tener miedo. Pero la curiosidad fue más fuerte. Como joyero, además, yo viajo siempre con guardaespaldas.

Puesto que no es posible dar marcha atrás, bajo con mis dos gorilas armados hasta los dientes y, provistos de linternas, volvemos hacia el punto de encuentro, a unos trescientos metros de distancia.

Con estupor al acercarnos, reparamos en un grupito de personas confabulando al reverbero de los dos faros encendidos.

Al borde la carretera, el muchacho rubio con que os habíamos topado hacía quizá menos de dos minutos, yace en posición supina, con la boca entreabierta, en un charco de sangre, muerto. A su alrededor, los policías, contemplados por una veintena de curiosos surgidos de no se sabía dónde en aquella terrible noche, levantan atestado del caso. Y como controlando, de pie e inmóviles, cuatro guardias de uniforme desconocido.

El asunto es de tal modo extraño que estimo prudente no mencionar el encuentro un poco antes. Quién sabe qué problemas hubiera podido acarrearnos. Sin que lo adviertan, me largo con mis dos acompañantes, vuelvo al coche y reemprendo el viaje hacia Erba.

Ni mis acompañantes, que no son precisamente unos cretinos, ni yo logramos explicarnos lo sucedido. No dejamos de hablar de ello durante todo el recorrido, a la ida y a la vuelta. Hasta el punto de que, cuando regreso a casa, llegamos de nuevo, en sentido inverso, a la curva de las desdichas (todo está oscuro y aparentemente desierto), me detengo, bajo del coche, cruzo la autovía y voy a curiosear.

Allí donde pocas horas antes yacía el joven asesinado, hay una pequeña cruz de mármol y, debajo, una lápida:

AQUÍ . INMOLANDO POR LA LIBERTAD . LA GENEROSA JUVENTUD . CAYÓ VILMENTE ASESINADO ANSELMO TITO GAMBELLOTTI . 16 DE NOVIEMBRE DE 1986

Toco la cruz y la lápida. Están duras y frías. No he bebido. Lo que veo, lo ven también mis dos hombres de confianza, anonadados como yo.

Recuerdo de pronto que en el coche hay una máquina fotográfica con flash. Puede servir si hubiera que aportar algún documento. Vuelvo al coche, naturalmente escoltado por mis dos valientes amigos, cojo la máquina y vuelvo al lugar. Pero una voz en mi interior me dice: ¿para qué una fotografía? Sabes muy bien que no servirá de nada.

De hecho, a la luz de las linternas, ya no logramos encontrar ni la cruz ni la lápida. Unos hierbajos y nada más. Ni señal. Ni siquiera huellas recientes. Me pegunto: ¿Sucederá realmente lo que hemos visto esta noche? ¿O ha sido un sueño? El Anselmo Tito Gambellotti cuya juventud será inmolada por causa de la libertad (¿qué libertad?) ¿Y cuántos años tiene hoy? Si consiguiera encontrarlo, ¿podría ponerlo sobre aviso? ¿O ya está todo escrito?