miércoles, 9 de julio de 2008

UN HELICÓPTERO DE TROYA


Como habrán podido comprobar la liberación de los rehenes, quince, en manos de la Farc no ha concluido, ni lo vamos a ver en un plazo más o menor corto. Las aristas de este caso por repercusiones que tienen los liberados, las implicaciones internacional, la forma en que se consiguió estará este tema de actualidad.Hoy transcribo un artículo de Héctor Abad aparecido en el diario El Espectador el pasado cinco de julio. Espero que nos ayude a reunir información para entender algo mejor la realidad colombiana.


Un helicóptero de Troya

Por: Héctor Abad Faciolince/ Especial para El Espectador | Elespectador.com

5 Julio 2008 - 4:03am

El presidente Uribe parece haber abandonado el cinismo de Maquiavelo, para seguir en cambio la sutileza del célebre tratado sobre la guerra de Sun Tzu: un jefe militar habilidoso conquista las tropas enemigas sin luchar.

Las Farc, en sus decenios de actividad mucho más criminal que revolucionaria, se han caracterizado por ser brutales. Lo que nos habíamos demorado mucho tiempo en comprender es que además de brutales también eran brutas. La maldad es pariente estrecha de la estupidez (casi siempre) y la trampa en la que cayeron las Farc esta semana así lo demuestra. El Gobierno colombiano, también durante muchos años, respondió a la brutalidad con otra brutalidad casi simétrica: armando o cohonestando grupos paramilitares, un remedio tan malo como la enfermedad. Los éxitos de hace algunos meses contra la guerrilla, aunque muy celebrados por la mayoría de los ciudadanos, tenían un sello similar al de la barbarie guerrillera: un bombardeo en un país extranjero con exhibición y escarnio público del cadáver de Raúl Reyes, o la mano cortada de otro líder guerrillero, Iván Ríos, traicionado por uno de sus hombres que lo mata mientras duerme, y al que el Gobierno le paga su traición con millones de dólares. Estas habrán sido quizá operaciones justificables, o necesarias, pero no fueron limpias ni dejaron un buen sabor en la boca: eran actos de guerra sucios o casi sucios. Pero esta vez, en cambio, en el operativo que liberó a Íngrid Betancourt, a los tres contratistas norteamericanos, y a los otros once rehenes de la fuerza pública, al fin se abandonó la brutalidad y se usó la inteligencia, el ingenio, el engaño elegante y bien urdido contra el enemigo. Mediante este falso helicóptero humanitario -un moderno caballo de Troya-, el presidente Uribe parece haber abandonado el cinismo de Maquiavelo, para seguir en cambio la sutileza del célebre tratado sobre la guerra de Sun Tzu: un jefe militar habilidoso conquista las tropas enemigas sin luchar; consigue la derrota del enemigo sin operaciones de campo muy extensas; disputa el dominio del territorio con sus fuerzas intactas; sin perder un solo soldado, su victoria es completa. Es el método de atacar con estratagemas, de usar la espada sin desenvainarla. El Ejército de Colombia hizo, al fin, algo limpio y bien ejecutado con esta ‘Operación Jaque'. Un acto teatral, una infiltración y un operativo planeados con milimetría y astucia, sin derramar una sola gota de sangre. Todos salieron vivos, hasta los guerrilleros engañados, y así no hubo de ningún lado un triunfo de la muerte, sino de la vida, de la libertad e incluso de la risa. Que haya habido pagos entre la guerrilla, al momento de infiltrarla, es posible y no está mal. Que haya habido asesoría extranjera, que también es probable, no le quita mérito a la operación, aunque ahora no pueden decir que todo lo hicieron la CIA o el Mossad. Todo lo del pobre es robado. Los que tuvieron el valor de meterse en la boca del lobo fueron los militares colombianos. En realidad, pocas veces se han visto operativos militares de una audacia y sagacidad parecida. El enemigo quedó peor que derrotado: quedó en ridículo. Por eso desde el jueves pasado millones de colombianos hemos reído y llorado de alegría varias veces, al ver las imágenes felices de los secuestrados (algunos con más de diez años de cautiverio en la selva) cuando vuelven a abrazar a sus seres queridos. En esta ocasión, en vez de matar guerrilleros, se les ha hecho un jaque mate simbólico, como en una partida de ajedrez, con un gambito perfecto para liberar a su presa más preciada, Íngrid Betancourt, la reina del tablero. Con este brillante operativo, el gobierno de Álvaro Uribe ha conseguido lo que en billar se llama una carambola a tres bandas. La carambola es la liberación de Íngrid y de los demás, y las tres bandas tocadas son las siguientes: por un lado, se quita de encima la presión de Chávez y de Correa, los incómodos vecinos de Venezuela y Ecuador, que se habían erigido, supuestamente, en los únicos mandatarios capaces de tratar con las Farc y de liberar a los secuestrados. Los ha dejado atónitos, sin juego, y balbuciendo unas felicitaciones forzadas, de dientes para afuera. De repente el mediático Chávez ha perdido por completo la iniciativa. La segunda banda es quedar estupendamente ante dos grandes potencias del mundo que tenían cuatro rehenes en poder de las Farc: nada menos que Francia y Estados Unidos. Y la tercera banda es su afianzamiento interno. En el momento del rescate, Colombia se debatía en una violenta y estéril polémica entre el Presidente y la Corte Suprema. De la noche a la mañana ese tema parece un asunto de la era jurásica. Los ciudadanos no queremos más peleas, queremos fraternidad, estamos optimistas, soñamos con salir de la violencia física y verbal, y hasta la oposición más recalcitrante celebra la liberación de los rehenes. ¿Cómo no celebrarlo? Un buen amigo de Íngrid, el ex primer ministro francés Dominique de Villepin, observó que, al oír hablar a su compatriota colombo-francesa, volvió a entender de verdad cuál es el significado profundo de la palabra libertad. Es cierto: durante seis años esta mujer valerosa, que sin duda en el futuro jugará un papel protagónico en la política colombiana, habló desde la selva mientras los fusiles le apuntaban al pecho, mientras las cadenas de la infamia le apretaban el cuello o los tobillos, mientras el hambre y la enfermedad diezmaban su resistencia. Hablaba con las cautelas y los miedos de la coacción, en medio del horror del secuestro y el temor a la muerte. El jueves, al fin, toda su inteligencia y todo su sentido del equilibrio se pudieron desplegar en completa libertad. Y el país entero se sentía reconfortado al oír sus palabras, porque al escucharla sentíamos el brillo del equilibrio y de la madurez, que es quizá la única recompensa que tiene el sufrimiento. No conviene en los momentos de victoria, sin embargo, cuando al fin desde Colombia sale hacia el mundo entero una buena noticia, una noticia feliz, volvernos arrogantes y mirarlo todo bajo una lente rosa. Los problemas siguen siendo inmensos (aún hay cientos de secuestrados en las selvas), y a pesar de este gran éxito, que todos celebramos, el presidente Uribe no es el Mesías. En la euforia de la liberación, uno de sus generales dijo en su discurso de triunfo: "El operativo contaba con el apoyo y la bendición, no sólo de Dios, sino del presidente Uribe". Francamente a Uribe y sus amigos se les va la mano en la retórica de la Patria y en la insistencia camandulera en padrenuestros y avemarías públicas. El patrioterismo y la gazmoñería, por populares que sean, son capaces de convertir un gran triunfo en una bufonada. No debemos caer en la trampa de endiosar a nadie, ni de pensar que Uribe, con la ayuda de la virgen santísima, son nuestros únicos salvadores posibles. Las Farc están agonizando, y esto es bueno, y tal vez Uribe pase a la historia como su aniquilador, pero los problemas de Colombia no se agotan en las Farc. Uribe se ha anotado una gran victoria de guerra y para eso lo eligieron los colombianos. En este sentido, le está cumpliendo a su electorado. Ha conseguido con las fuerzas armadas un golpe de mano perfecto, que debería indicar el camino a seguir: el de la inteligencia, el de la limpieza, el de la menor sangre y violencia posibles. Pero después de esta importante batalla ganada, que nos eleva al cielo, debemos volver al pantano de la realidad. Hay que seguir trabajando para sacar a nuestro país de la barbarie en la que se ha hundido en los últimos decenios. Seguimos siendo el sitio donde más se secuestra, donde hay más desplazados, el país donde más cocaína se produce en el mundo, y el país donde hay paramilitares sanguinarios incrustados en la política. Aunque, pensándolo bien, hoy no deberíamos insistir en lo negativo, para no convertirnos en los eternos aguafiestas. Al fin y al cabo es cierto que por un momento podemos permitirnos ser felices sin atenuantes. Nuestro país, que tiene todo para ser el paraíso (recursos minerales, agua en abundancia, selvas, mares, petróleo, riquezas, feracidad), se nos había convertido en un purgatorio parecido al infierno. Pero esta semana, fugazmente, hemos visto otra posibilidad. Como dijo Íngrid en el momento de abrazar nuevamente a sus hijos, después de seis años de soledad: "El Paraíso debe ser así". El Paraíso, sí: este momento feliz nos da la esperanza de que a lo mejor un día lo podamos construir aquí.

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