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domingo, 13 de julio de 2008

TODAVÍA HAY SECUESTRADOS

Ya han pasado varios días desde el rescate de las quince personas que estaban en manos de las Farc. El peso de este acontecimiento se va haciendo cada vez más ligero en los medios de comunicación hasta el punto que ya casi no nos acordamos de ninguno de ellos, bueno, salvo de Ingrid Betancourt que sigue en su periplo europeo entrevistándose con presidente de gobiernos, personalidades importantes del mundo de la cultura, visitando lugares destacados para los católicos. Salvo ella el resto ha pasado al olvido.
Si esto es significativo no lo es menos olvidarse de aquellos que aún están en manos de los narco-guerrilleros. La imagen recoge las fotos de los 25 rostros que todavía quedan en manos de la narco-guerrilla. La historia de algunos secuestrados son duras, muy duras y muy largas en el tiempo. Transcribo algunas que he leído en Semana, publicación colombiana.
Este es el caso que transcribo de la revista Semana

Diez años, ¡DIEZ AÑOS!

La historia de los dos humildes militares nariñenses que tienen el triste récord de ser los secuestrados ‘políticos’ más antiguos. [12/07/2008]

Íngrid Betancurt contó que tuvo una terrible corazonada cuando iba en el helicóptero que la llevaría hacia la libertad. Ella pensó –según dijo la noche de su liberación– que se iban a caer y que todo terminaría siendo una frustración más. “Pensaba eso porque después de tanto sufrimiento uno cree que la felicidad no puede ser para uno”, explicó.

Algo parecido es lo que sienten las familias de los secuestrados ‘políticos’ que siguen en cautiverio cada vez que otros afortunados logran la libertad. Al final, estas 25 familias se quedan con la sensación de que la felicidad no era para ellos. Y de las que más han sentido esa desazón son las de Pablo Emilio Moncayo y Libio José Martínez, los humildes militares nariñenses con más tiempo en cautiverio. Diez años, seis meses y 21 días, exactamente.

Ambos cayeron en poder de las Farc tras la sangrienta toma del cerro Patascoy en 1997. Desde entonces, sus familias viven una penuria sin nombre. Su tristeza de cuando en cuando se sobresalta por alguna noticia que les genera expectativas, pero hasta ahora todas han resultado una frustración tras otra.

La más reciente se dio el pasado 2 de julio. Ese día, María Cabrera, madre del cabo Moncayo, estaba en su hogar en Sandoná, Nariño, cuando los niños de la casa hicieron un alboroto porque escucharon en la televisión que habían liberado a varios secuestrados. De inmediato María se plantó frente al aparato y siguió atentamente la noticia. Cuando el ministro Santos mencionó el nombre del segundo de los 15 liberados, la madre del cabo de inmediato sintió el dolor de que su hijo no regresaba a la libertad, pues sabía muy bien que él nunca estuvo con ese grupo. “Uno se alegra por ellos, pero la tristeza por nuestro hijo sigue ahí”, dice esta docente. El mismo desconsuelo sintió su esposo, el profesor Moncayo, en Pasto, donde lo sorprendió la noticia tramitando otro permiso laboral para poder emprender una nueva caminata pidiendo la libertad de su hijo. Les va a tocar seguir esperando hasta que la suerte les permita presentarle a Pablo Emilio los nuevos integrantes de la familia: una hermana y una sobrina.

Mientras tanto, en la zona rural de Ospina, Nariño, los padres de Libio José mantuvieron hasta el final de la tarde la esperanza de ser tocados por la buena noticia. Ellos, dedicados al campo, mucho más alejados de las noticias, sólo cuando vieron en su pequeño televisor en blanco y negro a cada uno de los liberados se resignaron a que su hijo no estaba entre ellos.

Don Libio y doña Esperanza Estrada, padres de Libio José, son de pocas palabras. Viven en una casa a medio construir a cinco kilómetros de la cabecera municipal, adonde van cada sábado para comunicarse con Las voces del secuestro y enviar a través de este programa radial un saludo que esperan su hijo escuche en lo profundo de la selva. “En las últimas pruebas de supervivencia, él nos dice que está bien, pero uno ve que está acabadito. Pero imagínese, se lo llevaron de 21 años y el sábado pasado cumplió 32”, dice el padre del secuestrado.

Durante el cautiverio de su hijo, don Libio ha tenido que superar las dolencias de un cáncer en el estómago, y doña Esperanza sufrió una trombosis que le limitó su movilidad.

Ambas familias se alegran por la reciente liberación, pero temen que ahora desaparezca la presión internacional y que el tema caiga en el olvido. Ya han pasado por eso. Recuerdan que cuando no había secuestrados internacionales nadie hablaba de este tema. Por eso esperan que el próximo 20 julio los colombianos participen de la movilización nacional por la libertad de todos los secuestrados. Los padres de los cautivos más antiguos del país marcharán una vez más abrigando la esperanza de que ya pronto, por fin, la felicidad será para ellos.




viernes, 11 de julio de 2008

NO TODOS LOS SECUESTRADOS SON INGRID

[Evangelina Cárdenas, madre de Moisés]

Lamentablemente no todos los secuestrados son Ingrid, y no es porque no se merezca ella lo mejor, todo lo mejor, sino porque el resto de liberados de las manos de secuestradores caen en el olvido y no van a tener, ni algunos han tenido la atención que se les debe. Después de pasar la euforia de la liberación, después de desaparecer de las primeras páginas de los periódicos o de las entradas en los informativos de radio o televisión, el drama de los liberados cae en el olvido. Es cierto que el estado, el que sea y en el país que sea, no es el responsable del estado de los liberados, son los secuestradores, pero sí tiene una deuda con cada uno de ellos y no deben caer en el olvido, porque no es de justicia. Es de desear que lo que se narra aquí de Moisés en Colombia no se repita con ningún liberado. Claro sería mejor, mucho mejor, que no hubiera nadie secuestrado.

Después del secuestro, otro drama comienza

La euforia por la libertad de un secuestrado hace olvidar que para el liberado una nueva batalla empieza. El caso de Moisés Caballero y su madre, retrata el doloroso camino de muchos soldados que después de años de traumático cautiverio, tienen que pelear judicialmente para que el estado les de tratamiento psicológico.

Por Ana María Cataño Blanco, periodista de Semana.com

Fecha: 07/07/2008 –

Cuando Moisés Caballero empieza a mirar fijamente un punto, Evangelina Cárdenas, ya sabe que su hijo está a punto de desatar una violencia incontrolable. Una fuerza salvaje y desmedida se apodera de él y empieza a despedazar lo que se le pasa por delante. Cuando su madre logra controlarlo, el panorama alrededor es desorden y destrucción. Moisés es uno de los soldados secuestrados por las Farc en Miraflores en 1998. Diez años después, aún no ha podido superar el trauma que le dejó tres años de secuestro.

“De repente, se levanta a media noche y se esconde debajo de la cama gritando: ¡nos van a matar! ¡Nos van a matar!”, explica doña Evangelina, quien sostiene económicamente a su hijo trabajando como vendedora informal, cuando puede. Su padre murió de trombosis, una enfermedad, que según la familia, se desencadenó por pena moral.

“La última vez que fui a pedirle ayuda al Ejército me respondieron que ya no era responsabilidad de ellos, que era la última vez que lo calmaban”, cuenta doña Evangelina quien siete años después de la liberación de su hijo continua luchando para que las Fuerzas Militares reconozcan la incapacidad de su hijo y le den una pensión que le permita no solo pagar su tratamiento, sino también vivir dignamente...
Moisés Caballero hace parte de los 307 miembros de las fuerza pública secuestrados en 1998 y uno de los 56 policías y militares que secuestró las Farc el 3 de agosto de 1998 en la basa antinarcóticos de Miraflores, Guaviare. Fue liberado junto con 309 uniformados el 27 de junio de 2001 en el municipio de La Macarena, Meta.

Moisés fue secuestrado mientras prestaba el servicio militar obligatorio, tenía 22 años. Ahora tiene 32 pero actúa como un niño de 10. En el cautiverio sufrió de leishmaniasis, paludismo y fiebre amarilla. Al poco tiempo de estar de vuelta en casa empezó a presentar comportamientos extraños y a tener visiones. Los psicólogos dijeron que era algo normal. Con el tiempo, los síntomas en vez de desaparecer empezaron a aumentar.

Moisés, como muchos otras personas que han estados secuestradas por mucho tiempo, sufre de estrés post-traumático. Esta condición sicológica se detecta cuando la persona revive constantemente las escenas de lo que fue su cautiverio, todo el tiempo experimentan sensación de alerta, nunca están tranquilos ni en paz, desarrollan mecanismos “evitativos”, tratando de sepultar el tema.

Tras ser liberado, el soldado Caballero fue sometido a chequeos médicos y sicológicos. Después de tres meses de estar en observación, la junta médica que siguió su caso dictaminó que tenía un 12 por ciento de incapacidad mental, pero que estaba bien, que en poco tiempo podría llevar una vida normal. A doña Evangelina le dijeron que ese era el fin del tratamiento.

Sin embargo el soldado Caballero tuvo nuevas reacciones violentas que solo fueron controlados cuando su mamá lo llevó a la clínica Santo Tomás de Bogotá. Pero el médico aseguró que estaba fingiendo. “Desde que salió era agresivo, incluso con los mandos superiores. Moisés solo pensaba en volver al Ejército para liberar a sus compañeros que seguían secuestrados”, asegura doña Evangelina.

Frente a la imposibilidad de manejar la enfermedad de su hijo y de acceder a los medicamentos que lo mantienen controlado, doña Evangelina tuvo que interponer una acción de tutela para que el Ejército le brindara la atención y el tratamiento necesario. La familia Caballero ganó la tutela a mediados de junio de 2006 y el tratamiento se reanudó. Pero desde el 3 de mayo de este año dejaron de prestarle ayuda y desde entonces no ha vuelto a tomar sus pastillas. Otra vez está descontrolado.
Semana.com buscó en repetidas ocasiones la reacción de la Dirección de Sanidad del Ejército Nacional, responsable de la atención sicológica de estos soldados, pero no obtuvo respuesta.

La psicóloga y directora de la Fundación País Libre, Olga Lucía Gómez, explica que los miembros de la fuerza pública que han sido secuestrados son casos a veces más difíciles que los de los civiles. “Por el rol que tiene un soldado o un policía en la sociedad, hay una carga adicional a la de un civil secuestrado”.

Según Gómez, cuando “al regreso” no se le hace un debido proceso de adaptación, es muy posible que surjan depresiones, resentimientos hacia el país, el gobierno y la misma familia. “Ellos tratan de culpar a todo el mundo por lo que les pasó y la constante inconformidad puede desencadenar enfermedades psicológicas, que si no son tratadas a tiempo, pueden llegar a ser irreversibles”, dijo Gómez y agregó que por eso es muy importante la forma como la institución de la que hicieron parte los recibe, los incluye y les brinda apoyo en su nueva vida.

Cualquier persona que ha sido víctima de un aislamiento forzoso como lo es el secuestro, una vez libre, debe recibir ayuda psicológica, sin excepción. El tratamiento se debe dar desde el principio, pero debe ser más profundo e intenso después de dos meses de la liberación, que es cuando la persona empieza a retomar contacto con la realidad. “Las valoraciones se deben hacer periódicamente, para que la rehabilitación sea integral y hasta que la persona tenga la capacidad de reconstruir su proyecto de vida”, recomienda Gómez.

El caso del soldado Caballero no es único. Jesús Díaz, el abogado que se ha encargado de dar la pelea legal, ha llevado al rededor de 65 casos similares, de los cuales ha logrado que 40 reciban pensión por parte del Ejército Nacional. Actualmente hay en curso 25 casos más, entre esos el de Moisés Caballero.

“Ellos llegan a una realidad muy cruel, están desubicados y sin trabajo. Aún cuando Moisés quería seguir vinculado a la institución, no fue posible por el 12 por ciento de incapacidad mental que ellos mismos le dictaminaron”, explica Díaz.

Semana.com ©2000.

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miércoles, 9 de julio de 2008

UN HELICÓPTERO DE TROYA


Como habrán podido comprobar la liberación de los rehenes, quince, en manos de la Farc no ha concluido, ni lo vamos a ver en un plazo más o menor corto. Las aristas de este caso por repercusiones que tienen los liberados, las implicaciones internacional, la forma en que se consiguió estará este tema de actualidad.Hoy transcribo un artículo de Héctor Abad aparecido en el diario El Espectador el pasado cinco de julio. Espero que nos ayude a reunir información para entender algo mejor la realidad colombiana.


Un helicóptero de Troya

Por: Héctor Abad Faciolince/ Especial para El Espectador | Elespectador.com

5 Julio 2008 - 4:03am

El presidente Uribe parece haber abandonado el cinismo de Maquiavelo, para seguir en cambio la sutileza del célebre tratado sobre la guerra de Sun Tzu: un jefe militar habilidoso conquista las tropas enemigas sin luchar.

Las Farc, en sus decenios de actividad mucho más criminal que revolucionaria, se han caracterizado por ser brutales. Lo que nos habíamos demorado mucho tiempo en comprender es que además de brutales también eran brutas. La maldad es pariente estrecha de la estupidez (casi siempre) y la trampa en la que cayeron las Farc esta semana así lo demuestra. El Gobierno colombiano, también durante muchos años, respondió a la brutalidad con otra brutalidad casi simétrica: armando o cohonestando grupos paramilitares, un remedio tan malo como la enfermedad. Los éxitos de hace algunos meses contra la guerrilla, aunque muy celebrados por la mayoría de los ciudadanos, tenían un sello similar al de la barbarie guerrillera: un bombardeo en un país extranjero con exhibición y escarnio público del cadáver de Raúl Reyes, o la mano cortada de otro líder guerrillero, Iván Ríos, traicionado por uno de sus hombres que lo mata mientras duerme, y al que el Gobierno le paga su traición con millones de dólares. Estas habrán sido quizá operaciones justificables, o necesarias, pero no fueron limpias ni dejaron un buen sabor en la boca: eran actos de guerra sucios o casi sucios. Pero esta vez, en cambio, en el operativo que liberó a Íngrid Betancourt, a los tres contratistas norteamericanos, y a los otros once rehenes de la fuerza pública, al fin se abandonó la brutalidad y se usó la inteligencia, el ingenio, el engaño elegante y bien urdido contra el enemigo. Mediante este falso helicóptero humanitario -un moderno caballo de Troya-, el presidente Uribe parece haber abandonado el cinismo de Maquiavelo, para seguir en cambio la sutileza del célebre tratado sobre la guerra de Sun Tzu: un jefe militar habilidoso conquista las tropas enemigas sin luchar; consigue la derrota del enemigo sin operaciones de campo muy extensas; disputa el dominio del territorio con sus fuerzas intactas; sin perder un solo soldado, su victoria es completa. Es el método de atacar con estratagemas, de usar la espada sin desenvainarla. El Ejército de Colombia hizo, al fin, algo limpio y bien ejecutado con esta ‘Operación Jaque'. Un acto teatral, una infiltración y un operativo planeados con milimetría y astucia, sin derramar una sola gota de sangre. Todos salieron vivos, hasta los guerrilleros engañados, y así no hubo de ningún lado un triunfo de la muerte, sino de la vida, de la libertad e incluso de la risa. Que haya habido pagos entre la guerrilla, al momento de infiltrarla, es posible y no está mal. Que haya habido asesoría extranjera, que también es probable, no le quita mérito a la operación, aunque ahora no pueden decir que todo lo hicieron la CIA o el Mossad. Todo lo del pobre es robado. Los que tuvieron el valor de meterse en la boca del lobo fueron los militares colombianos. En realidad, pocas veces se han visto operativos militares de una audacia y sagacidad parecida. El enemigo quedó peor que derrotado: quedó en ridículo. Por eso desde el jueves pasado millones de colombianos hemos reído y llorado de alegría varias veces, al ver las imágenes felices de los secuestrados (algunos con más de diez años de cautiverio en la selva) cuando vuelven a abrazar a sus seres queridos. En esta ocasión, en vez de matar guerrilleros, se les ha hecho un jaque mate simbólico, como en una partida de ajedrez, con un gambito perfecto para liberar a su presa más preciada, Íngrid Betancourt, la reina del tablero. Con este brillante operativo, el gobierno de Álvaro Uribe ha conseguido lo que en billar se llama una carambola a tres bandas. La carambola es la liberación de Íngrid y de los demás, y las tres bandas tocadas son las siguientes: por un lado, se quita de encima la presión de Chávez y de Correa, los incómodos vecinos de Venezuela y Ecuador, que se habían erigido, supuestamente, en los únicos mandatarios capaces de tratar con las Farc y de liberar a los secuestrados. Los ha dejado atónitos, sin juego, y balbuciendo unas felicitaciones forzadas, de dientes para afuera. De repente el mediático Chávez ha perdido por completo la iniciativa. La segunda banda es quedar estupendamente ante dos grandes potencias del mundo que tenían cuatro rehenes en poder de las Farc: nada menos que Francia y Estados Unidos. Y la tercera banda es su afianzamiento interno. En el momento del rescate, Colombia se debatía en una violenta y estéril polémica entre el Presidente y la Corte Suprema. De la noche a la mañana ese tema parece un asunto de la era jurásica. Los ciudadanos no queremos más peleas, queremos fraternidad, estamos optimistas, soñamos con salir de la violencia física y verbal, y hasta la oposición más recalcitrante celebra la liberación de los rehenes. ¿Cómo no celebrarlo? Un buen amigo de Íngrid, el ex primer ministro francés Dominique de Villepin, observó que, al oír hablar a su compatriota colombo-francesa, volvió a entender de verdad cuál es el significado profundo de la palabra libertad. Es cierto: durante seis años esta mujer valerosa, que sin duda en el futuro jugará un papel protagónico en la política colombiana, habló desde la selva mientras los fusiles le apuntaban al pecho, mientras las cadenas de la infamia le apretaban el cuello o los tobillos, mientras el hambre y la enfermedad diezmaban su resistencia. Hablaba con las cautelas y los miedos de la coacción, en medio del horror del secuestro y el temor a la muerte. El jueves, al fin, toda su inteligencia y todo su sentido del equilibrio se pudieron desplegar en completa libertad. Y el país entero se sentía reconfortado al oír sus palabras, porque al escucharla sentíamos el brillo del equilibrio y de la madurez, que es quizá la única recompensa que tiene el sufrimiento. No conviene en los momentos de victoria, sin embargo, cuando al fin desde Colombia sale hacia el mundo entero una buena noticia, una noticia feliz, volvernos arrogantes y mirarlo todo bajo una lente rosa. Los problemas siguen siendo inmensos (aún hay cientos de secuestrados en las selvas), y a pesar de este gran éxito, que todos celebramos, el presidente Uribe no es el Mesías. En la euforia de la liberación, uno de sus generales dijo en su discurso de triunfo: "El operativo contaba con el apoyo y la bendición, no sólo de Dios, sino del presidente Uribe". Francamente a Uribe y sus amigos se les va la mano en la retórica de la Patria y en la insistencia camandulera en padrenuestros y avemarías públicas. El patrioterismo y la gazmoñería, por populares que sean, son capaces de convertir un gran triunfo en una bufonada. No debemos caer en la trampa de endiosar a nadie, ni de pensar que Uribe, con la ayuda de la virgen santísima, son nuestros únicos salvadores posibles. Las Farc están agonizando, y esto es bueno, y tal vez Uribe pase a la historia como su aniquilador, pero los problemas de Colombia no se agotan en las Farc. Uribe se ha anotado una gran victoria de guerra y para eso lo eligieron los colombianos. En este sentido, le está cumpliendo a su electorado. Ha conseguido con las fuerzas armadas un golpe de mano perfecto, que debería indicar el camino a seguir: el de la inteligencia, el de la limpieza, el de la menor sangre y violencia posibles. Pero después de esta importante batalla ganada, que nos eleva al cielo, debemos volver al pantano de la realidad. Hay que seguir trabajando para sacar a nuestro país de la barbarie en la que se ha hundido en los últimos decenios. Seguimos siendo el sitio donde más se secuestra, donde hay más desplazados, el país donde más cocaína se produce en el mundo, y el país donde hay paramilitares sanguinarios incrustados en la política. Aunque, pensándolo bien, hoy no deberíamos insistir en lo negativo, para no convertirnos en los eternos aguafiestas. Al fin y al cabo es cierto que por un momento podemos permitirnos ser felices sin atenuantes. Nuestro país, que tiene todo para ser el paraíso (recursos minerales, agua en abundancia, selvas, mares, petróleo, riquezas, feracidad), se nos había convertido en un purgatorio parecido al infierno. Pero esta semana, fugazmente, hemos visto otra posibilidad. Como dijo Íngrid en el momento de abrazar nuevamente a sus hijos, después de seis años de soledad: "El Paraíso debe ser así". El Paraíso, sí: este momento feliz nos da la esperanza de que a lo mejor un día lo podamos construir aquí.

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