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lunes, 9 de junio de 2025

 

LIBROS: SOLO EN BERLÍN. HANS FALLADA



            Si me preguntan ahora el camino que recorrí para llegar a este autor confieso públicamente que no lo recuerdo. Su referencia está escrita en alguna de las libretas donde tomo nota de aquellas cosas que me interesan. Frases, referencias de autores, títulos de libros, todos van a parar ahí, ya luego vemos como lo relacionamos con lo que nos interesa en ese momento.

Hans Fallada (1893-1947) es el seudónimo de Rudolf Wilhelm Friedrich Ditzen que tuvo una vida azarosa y muy accidentada con su padre primero, con el régimen, aunque pudo seguir publicando, así que o no fue muy seria su desavenencia o no se le tuvo en cuenta. Tengo que averiguar esto porque no he encontrado una explicación convincente. También tuvo problemas con su mujer y con las adicciones. También estuvo ingresado en un psiquiátrico.

       


     Solo en Berlín fue publicada en 1947 (Maeva ediciones lo publicó en España en 2011) y el núcleo de la obra hay que situarlo en 1940 donde el miedo envuelve la vida de los ciudadanos en la Alemania nazi, la delación es el pan de cada día y ser desafecto al régimen se paga con la vida. Esto conduce a ejercer una oposición silenciosa y de escaso recorrido por la falta de medios, espíritu y sobre todo por el miedo. Arranca la obra con la carta que llega a casa de un matrimonio de clase trabajadora que tiene a su hijo en el frente y le comunican su fallecimiento. El escaso apego al régimen acaba por resquebrajarse y comienza esa labor de oposición que no voy a desvelar, pero que Fallada aprovecha esta historia para la construcción de la novela. Es un ejemplo que indica que existía una oposición en el interior, aunque siempre atenazada por el miedo a las represalias.

            Alrededor de esa pareja que ha perdido a un hijo y que culpan al régimen se mueven distintos personajes de la vida cotidiana de los trabajadores alemanes que conviven con auténticos camisas pardas delatores que espían la vida cotidiana de aquellos que eran considerados poco afectos al régimen. Hago un inciso porque me acabo de acordar de una encuesta entre jóvenes que prefieren regímenes autoritarios frente a los más democráticos. No saben lo que están pidiendo.

            Les dejo el comienzo de la novela por si se animan.

Capítulo 1

EL CORREO TRAE MALAS NOTICIAS

La cartera Eva Kluge sube despacio los peldaños de la escalera del número 55 de la calle Jablonski. Su lentitud no se debe solo a que la caminata del reparto la ha fatigado, sino también a que su cartera contiene una de esas cartas que odia entregar y tiene que hacerlo dentro de un momento, dos tramos de escaleras más arriba, en el hogar de los Quangel. Seguro que la mujer la aguarda con impaciencia, desde hace más de dos semanas espera recibir una carta oficial del Ejército.

Antes de que la cartera Kluge entregue la carta mecanografiada de los militares, tiene que entregar el Völkischer Beobachter en el piso de los Persicke. Él es funcionario del Partido, dirigente político o algo por el estilo, Eva Kluge aún confunde todos esos cargos. Sea como fuere, en casa de los Persicke hay que saludar diciendo «¡Heil Hitler!» y tener mucho cuidado con lo que uno dice. Bueno, la verdad es que hay que tenerlo en todas partes, es raro que haya una persona a la que Eva Kluge pueda decir lo que piensa de verdad. Ella no siente el menor interés por la política, es una mujer sencilla y como tal piensa que no hay que traer hijos al mundo para que los maten de un tiro. Un hogar sin un hombre tampoco vale nada; por el momento ella ya no tiene nada: ni a sus dos hijos ni a su marido. En su lugar debe mantener la boca cerrada, ir con pies de plomo y entregar asquerosas cartas de los militares que no han sido escritas a mano sino a máquina, y cuyo remitente es un oficial del regimiento.

            También esta obra se ha llevado a la pantalla. Aquí la referencia y aunque la he buscado no anda por las plataformas y solo me queda preguntarle a la mula Francis si la tiene. Hasta aquí esta novela muy recomendable, aunque en algunos momentos se les puede hacer larga y con un ritmo bajo.

jueves, 5 de junio de 2025

LECTURAS: EL PRESTAMISTA. EDWARD LEWIS WALLANT














       




        “Empiezas con miles de años en los que no tienes nada salvo una barba que se convierte en una leyenda, nada más: no tienes una tierra que cultivar, ni una tierra donde cazar, ni el tiempo suficiente para vivir en un sitio y poseer un paisaje o un ejército o la mitología de un país. Solo tienes un cerebro en la cabeza y esa leyenda de la barba para convencerte de que hay algo especial en ti, incluso en tu pobreza. Pero ese cerebro en tu cabeza es la clave. Gracias a él consigues una pequeña pieza de tela, de lana, de algodón, o de seda, porque eso da igual. Coges esa tela, la divides por la mitad, y vendes las dos partes por un centavo o dos más de los que has pagado. Y con este dinero compras una pieza un poquito más grande, que a lo mejor podrás cortar en tres partes, a las que les sacarás un beneficio de tres centavos. Cuando llegues a ese punto, nunca debes caer en la tentación de comprarte una hogaza de pan o de hacerle un regalo a tu hijo. Enseguida debes comprar otra pieza de tela más grande, o dos piezas, y repetir el proceso. Y continúas y continúas hasta que no tienes ninguna tentación de arar la tierra o de cultivar alimentos, y no sientes ya ningún deseo de contemplar un terreno que puedas llamar tuyo. Y repites este mismo proceso durante. Y entonces, voilà: dispones de un patrimonio mercantil, y ya has alcanzado la fama de comerciante y de ser una persona con poderes ocultos: usurero, prestamista, brujo y vete a saber qué más. Pero cuando lo has conseguido, todo se convierte ya en instinto. ¿Ves cómo resulta muy simple? Esta es mi fórmula para el éxito” [ob. cit. págs.. 70-71]

martes, 30 de septiembre de 2014

LECTURAS:NOS VEMOS ALLÁ ARRIBA. PIERRE LEMAITRE



La conmemoración del centenario del comienzo de la Gran Guerra se ha convertido en una magnífica coartada para dar rienda suelta a la publicación de trabajos de investigación, ensayos, novelas, reediciones de obras que estaban en el cajón del olvido; en fin nos hemos podido aprovechar de esta circunstancia para poner al día todo lo que rodea a este acontecimiento y las repercusiones que ha tenido.

            Pierre Lemaitre en Nos vemos allá arriba; Salamandra, 2014 arranca la trama de su novela cuando ya se empieza a rumorear que la guerra está tocando a su fin, que el armisticio está al llegar. En este marco se va a fraguar la amistad, una amistad muy profunda, de dos soldados franceses y de ahí hasta el núcleo de la novela, fundamentado en un hecho real, el fraude colosal en la exhumación de los cadáveres de cientos de miles de soldados para llevarlos a cementerios militares.

            En un mundo de necesidades, el negocio con la muerte es uno más; el París de la posguerra, depauperado y hambriento, militares que se tienen como objetivo colocar medallas en su pechera sin que el coste en vidas sea un freno en sus ambiciones, son algunos de los caminos por donde circula esta novela.

            Pierre Lemaitre forjado en la novela negra consigue que lector quede pegado a esta historia, que bascula desde la sordidez del negocio sin escrúpulos, hasta la amistad, sin condiciones de dos camaradas de guerra, y todo ese recorrido se hace de forma ágil y sin concesiones ni coartadas a los personajes.


            Recomendable su lectura, así que, como siempre, les dejo unos párrafos por si sirven para animarlos.

       Todos los que pensaban que aquella guerra acabaría pronto habían muerto hacía tiempo. precisamente a causa de la guerra. así que, en octubre, Albert recibió con bastante escepticismo los rumores sobre el armisticio. Les dio tanto crédito como a la propaganda del principio, que aseguraba, por ejemplo, que las balas de los boches eran tan blandas que se estrellaban contra los uniformes igual que peras pasadas y provocaban las carcajadas de los regimientos franceses. en cuatro años, Albert había visto la tira de tipos muertos de risa por el impacto de una bala alemana.


         Era consciente de que su negativa a creer en la inminencia de un armisticio tenía algo de superstición: cuanto más se espera la paz, menos crédito se da a las noticias que la anuncian, es un modo de ahuyentar la mala suerte. Sólo que esas noticias llegaban día tras día en secuencias cada vez más seguidas y en todas partes se repetía que la guerra estaba realmente a punto de terminar. Por increíble que pudiera parecer, incluso se pronunciaron discursos sobre la necesidad de desmovilizar a los veteranos, que llevaban años en el frente. cuando el armisticio se convirtió al fin en una perspectiva razonable, hasta los más pesimistas empezaron a acariciar la esperanza de salir con vida de la contienda. [ob. cit. pág. 13]

miércoles, 24 de septiembre de 2014

LECTURAS: VICTUS. ALBERT SÁNCHEZ PIÑOL



     
Después de varias semanas de lento rumiar la novela de Albert Sánchez Piñol, Victus; La Campana, 2013, voy a intentar describirles las sensaciones con las que me quedé cuando vi el punto final. Como en otras ocasiones apliqué aquello de: “leer sobre seguro”, conocer al autor por otras lecturas da cierta seguridad, y así no cargas posibles suspicacias como alguien que conoce mis gustos aventuró que esta obra de Sánchez Piñol “no te va a llenar”, expresión literal.


            Los antecedentes tienen ya unos años, La piel desnuda de 2003, y Pandora en el Congo, dos años después. La primera fue una grata sorpresa, pero que en Pandora ya no llegó al mismo nivel, de interés para mi, me refiero. Como ya ha pasado mucho tiempo y casi se había desdibujado en mi memoria el recuerdo de Pandora en el Congo y prevalecía el rastro que había dejado mi primera lectura de Sánchez Piñol, no me lo pensé dos veces, fui a por Victus, en la que el autor hace una incursión en la novela histórica con un modelo ya trillado, Arturo Pérez Reverte con su Alatriste desbrozó el camino. Ahí lo dejo.

            Es evidente que escribir es una actividad creativa, pero tiene que dar de comer, así que como producto terminado, la novela, hay que colocarla en el mercado en el momento oportuno y en el lugar adecuado. Sánchez Piñol, legítimamente aprovecha la oportunidad y cuenta los coletazos de la guerra de sucesión española centrándose, cómo no, en asalto a la ciudad de Barcelona por parte de las tropas borbónicas.

            El conflicto arranca con la muerte de Carlos II en 1700 sin descendencia. Esto lo cuenta muy bien Joseph Pérez en La Historia de España (Julio Valdeón, Joseph Pérez y Santos Juliá), 2006, editada por Austral, además con más fundamento.

            Así lo relata Piñol:
            “En el año 1700 moría el emperador Carlos II de España, un engendro de la naturaleza, un fardo babeante que si no hubiera sido rey se habría pasado la vida encerrado en algún monasterio. Sus  súbditos castellanos lo llamaban “el Hechizado”. Yo no sería tan piadoso, así que dejémoslo en “el Tarado”. No tuvo descendencia. ¿Cómo iba a engendrarla? Estaba tan mal de la azotea que debió de morirse sin saber que ese rabanito que cuelga entre las piernas sirve para algo más que hacer pipí.
            Todos los reyes, por definición, son unos tarados o acaban siéndolo. El único debate es saber si para sus súbditos es mejor que los gobierne un tonto del culo o un hijo de puta. De joven yo era partidario de los tontos, porque al menos se conforman con comer faisán y dejan en paz a la gente. El Tarado, por ejemplo, fue muy lamentado en Castilla por muy popular en Cataluña. ¿Por qué? Pues porque no hizo nada de nada. Su atrofia cerebral era un reflejo de Castilla y de su imperio coagulado. A los catalanes ya les iba bien. Cuanto menos gobierne un rey y más lejos esté, pues tanto mejor.
            Mucho antes de su muerte ya era obvio que ese despojo humano del Tarado la palmaría sin haber tenido hijos. Como es lógico, todos los carroñeros de Europa estaba ojo avizor. Años después conocí a un noble francés que en el cambio de siglo había servido en la embajada de Madrid. Tenían la corte tan infestada de espías… ¡que hasta consiguieron los calzoncillos del rey! El examen no dejaba dudas: Carlos no eyaculaba. Y según las leyes naturales, sin semen no hay descendencia” [Ob. cit. págs.. 123-124] 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

LECTURAS: LAS REPUTACIONES. JUAN GABRIEL VÁSQUEZ



     

No sé si les ha pasado a ustedes también, pero yo en más de una ocasión me he planteado una cuestión que creo que es importante, y que puede que no tenga una respuesta única. Me refiero a lo que cuesta construir una reputación. No tengo respuesta, aunque si sé que es mucho y se requiere tiempo, mucho tiempo. Todo el entramado se va armando con paciencia, con hechos, con actos, con palabras, en fin con el devenir de cada día y ello une reputación y reconocimiento como un binomio indisoluble. Es evidente que si nos pusiéramos a valorar los aspectos que conforman la reputación de una persona podríamos diferir en los componentes, la importancia que le damos a los distintos elementos que la conforman, sin embargo, creo que no tendríamos muchas dudas y menos diferencias para convenir que acabar con una reputación es extremadamente sencillo, basta un rumor, por ejemplo y ya está, la mecha de la incertidumbre y la duda quedan prendidas.

            Juan Gabriel Vásquez logra en Las Reputaciones, Círculo de Lectores, 2014 colocar a Mallarino, caricaturista y persona influyente en la sociedad junto a un personaje de la política de forma circunstancial y no directamente para que recuerdos y reputación naveguen en la misma nave. Recomendable su lectura.
           

Juan Gabriel Vásquez
“Hay mujeres que no conservan, en el mapa de su cara, ningún rastro de la niña que fueron, quizás porque se han esforzado mucho en dejar su niñez atrás –sus humillaciones, sus sutiles persecuciones, la experiencia de la desilusión constante-, quizás porque entretanto ha sucedido algo, uno de esos cataclismos íntimos que no moldean a la persona sino que la arrasan, como a un edificio, y la obligan a construirse de nuevo desde los cimientos. Mallarino miraba a Samanta Leal y trataba de cazar en sus facciones alguna forma (la curva del hueso frontal al llegar al entrecejo, la manera en que el lóbulo de la oreja se une a la cabeza) o acaso una expresión de la niña que había visto veintiocho años atrás. Y no lo lograba: esa niña se había ausentado, como si hubiera renunciado a seguir viviendo en ese rostro [ob. cit. pág. 61]