viernes, 28 de noviembre de 2008

LA SOLEDAD

Hagamos caso a Charles Baudelaire y busquemos protección contra los gacetilleros que se esmeran por meternos los dedos en los ojos, por incordiar permanentemente y que disfrutan hurgando en la vida ajena. Siempre habrá quien les aplauda hasta con las orejas, mientras busca refugio en tu habitación.

LA SOLEDAD

Un gacetillero filántropo va y me dice que la soledad es mala para el hombre, y para apoyar su tesis cita, como todos los impíos, las palabras de los Padres de la Iglesia.

Bien sé que el Demonio gusta de frecuentar los parajes yermos y que el espíritu criminal y lúbrico fermenta a placer en las soledades, más bien podría ser que esta soledad solo entrañara peligro para el alma ociosa y errabunda que la puebla con sus pasiones y quimeras.

Cierto es que un charlatán, para quien el culmen del placer consiste en hablar desde lo alto del púlpito o de una tribuna, casi con toda seguridad enloquecería en la isla de Robinson. No pretendo exigirle a mi gacetillero las esforzadas virtudes de Crusoe, sólo le pido que no declare culpables de antemano a los enamorados de la soledad y del misterio.

Hay entre nuestras razas vanilocuentes individuos que le harían menos ascos al suplicio supremo si se les permitiese dirigir desde lo alto del cadalso una copiosa arenga, sin temor a que los tambores de Santerre les dejaran intempestivamente con la palabra en la boca.

No los compadezco, porque intuyo que sus efusiones oratorias les procuran goces comparables a los que otros extraen del silencio y el recogimiento, pero los desprecio.

Si algo deseo, es que mi maldito gacetillero me deje divertirme a mi antojo. “¿Es que no siente usted nunca –me dice, con un deje gangoso sumamente apostólico- la necesidad de compartir sus momentos de gozo?” ¡Pues no que este sutil envidioso, sabedor de que desdeño los suyos, viene a inmiscuirse en los míos, el miserable aguafiesta!

“¡Esa gran desdicha de no poder estar solo!...” reza un pasaje de La Bruyère, como para avergonzar a todos aquellos que corren a olvidarse en la muchedumbre, temerosos sin duda de no poder soportarse a sí mismos.

“Casi todas nuestras desdichas provienen de no haber sabido quedarnos en nuestra habitación”, dice otro sabio, Pascal, creo propugnando así la celda del recogimiento frente a todos esos enloquecidos que persiguen la dicha en medio del tumulto, en una prostitución que llamaría yo fraternitaria, por decirlos en términos de la bella lengua de mi siglo.

Charles Baudelaire, Spleen de París; Visor, 1998


Textos C. Baudelaire