domingo, 2 de noviembre de 2008

EVALUACIONES



Sin porvenir.

Niños que no llegarán a nada.

Niños desesperantes.

La escuela, después la secundaria, el bachillerato, yo también creía absolutamente en esta existencia sin porvenir.

Yo diría que era incluso lo primero de lo que se convence un mal alumno.

-¿Con semejantes notas qué se puede esperar?

-¿Crees que pasarás a primero de secundaria? (A segundo. A tercero, a cuarto, a quinto a sexto…)

-¿Qué tanto por ciento de posibilidades crees que tienes de pasar el bachillerato? Calcúlalo tú. ¿Qué porcentaje?

O aquella directora de colegio, con un auténtico grito de alegría:

-¿El certificado de estudios, Pennacchioni? ¡No lo obtendrás nunca! ¿Me oye usted? ¡Nunca!

Y vibraba.

¡En todo caso no seré como tú, vieja loca! Nunca seré profe, araña envuelta en su propia tela, carcelera atornillada a la mesa de tu despacho0 hasta el final de sus días. ¡Nunca! ¡Nosotros los alumnos pasamos; vosotros os quedáis! Somos libres y a vosotros os han condenado a cadena perpetua. Nosotros los malos alumnos, puede que no lleguemos nunca a ninguna parte, pero nos movemos. La tarima no será el lamentable reducto de nuestra vida. [pág. 50]

Daniel Pennac

Mal de Escuela, Mondadori, 2008

Semana de evaluaciones en mi centro y esto es lo que me queda: un mal sabor de boca y dolor de cabeza porque cada vez oigo cosas que me parecen extrañas, muy extrañas, muy alejadas de lo que es la realidad de nuestros alumnos – de nuestra sociedad-, que son personas, que tienen sentimientos, que están cambiando, que ven un mundo lleno de problemas y nosotros los adultos, los profesores, los profesionales de esto que se llama docencia estamos cada vez más asustados, resentidos y dolidos con el mundo. Bueno, tengo que aclarar que no todos los que nos sentamos alrededor de una mesa para evaluar tenemos el mismo pesimismo, la misma nube negra encima, afortunadamente comparto con algunas compañeras de trabajo buena sintonía. No tienen úlcera cerebral y creemos que se merecen los jóvenes nuestro esfuerzo y nuestro mejor hacer –por lo menos porque tenemos que cobrar la pensión de jubilación-, otros piensan que no, que no merecen trato humano, que son carne de cañón o de croquetas para perros. A estas personas les hace falta cierta dosis de humanidad –no se vende en farmacia- y algo más que me reservo. Las semanas de evaluación, con o sin nota me dan dolor de cabeza y cada vez más noto que me cuesta mucho compartir mesa con los “ulcerados mentales”. Algunos me dan pena, otros ni eso.