jueves, 31 de julio de 2008

SIGUEN CAYENDO


Cada día se va poniendo algo de luz sobre el sufrimiento de los secuestrados y torturados en la ESMA. El dolor y la pérdida de un ser querido no se puede suplir con nada, pero la luz que se pone sobre estos hechos tan dolorosos sirve para honrar a los muertos y desaparecidos.

Ayer miércoles 30 de julio la prensa argentina daba cuenta de la declaración de Víctor Olivera, alias “Lindoro”, que en el juicio que se sigue por los hechos ocurridos en la ESMA, rompió su silencio y relató lo que pasaba en ese centro de torturas. Ni Víctor Olivera y ninguno de los que participaron activamente o con su silencio tienen ningún atenuante y la justicia tiene que actuar de forma contundente. Confiamos en que la justicia argentina continuará con su labor de esclarecimiento y ajusticiamiento de los criminales que hasta ahora han vivido en la impunidad.

Un represor de la ESMA confesó las atrocidades que cometían

“Se referían al asadito”

El suboficial de la Marina Víctor “Lindoro” Olivera, detenido en Devoto, se quebró en la indagatoria y contó cómo eran torturados y desaparecidos los secuestrados en la ESMA. Dijo que dependía de Cavallo, Azic, Capdevilla y Febres.

Por Adriana Meyer

Página 12; miércoles, 30 de julio de 2008

En la megacausa ESMA hay 35 represores detenidos que serán acusados por más de 400 casos.

Entre llantos no paraba de hablar, de confesar atrocidades, ni su abogada podía frenarlo. El represor Víctor “Lindoro” Olivera fue indagado el martes pasado en la megacausa ESMA y se quebró. “Los hacían desaparecer”, respondió entre sollozos cuando el juez le preguntó qué pasaba con los detenidos en ese centro clandestino. ¿De qué manera?, quiso saber el magistrado. “Con humor se referían al asadito”, contestó este suboficial retirado de la Armada. “¿Se refiere al procedimiento mediante el cual deliberadamente se quemaban cuerpos en dependencias de la ESMA?”, inquirió el juez. “Sí, supongo que era eso”, fue la respuesta de Lindoro Olivera, una de las tantas de un interrogatorio en el que intentó demostrar que nunca se manchó de sangre, aunque las repreguntas del juzgado lo fueron acorralando. Según algunos sobrevivientes de la ESMA, su declaración tiene una dimensión similar a la confesión del ex marino Adolfo Scilingo sobre los “vuelos de la muerte”.

Olivera es uno de los siete represores de la ESMA identificado por la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos (AEDD) y Justicia Ya!, que aportó los datos para que fueran encarcelados. Y sucedió lo que sospechaban podía pasar por ser todos de rango inferior, con escaso o nulo apoyo de la oficialidad de la Armada. “Se cayó el muro de silencio, por eso lo tuvieron que mandar a (la cárcel de) Devoto”, dijo a PáginaI12 Carlos Lordkipanidse, de la AEDD y sobreviviente de ese centro clandestino.

El suboficial primero retirado, con 57 años y domicilio en Pilar, escuchó la descripción de los 101 casos que le imputaron. Cuando el tribunal le concedió la palabra, dijo que no fue “voluntariamente” a la Escuela de Mecánica. “Me presenté, me llevaron al subsuelo de la Casa de Oficiales y en el camino me dijeron que no tenía que decir nada de lo que viera o escuchara; cuando llegué al lugar me sorprendí al ver a gente encapuchada”, empezó. “Esa noche recuerdo que trajeron a una señora de apellido Cabezas, me hicieron que la ate a la cama... cómo me impresionó eso... Mi función era llevar detenidos de un piso a otro”, continuó. Muy nervioso, aseguró que no participaba de los operativos ni en las torturas, que cuando podía les daba comida o golosinas a los detenidos.

Uno de los casos por los que tuvo que responder Olivera es el de Raimundo Villaflor, que fue secuestrado el 4 de agosto de 1979 junto a su esposa, María Elsa Martínez, trasladado a la ESMA (donde también estuvieron su hermana Josefina, su cuñado y su prima que tenía 2 años), y sometido a torturas durante tres días. “En el caso del señor Villaflor me dijeron que lo suba al altillo, que lo hiciera bañar, pero como casi no podía moverse yo mismo lo sequé”, describió. Según su relato, el detenido se descompuso, llamaron “al médico Capdevilla”, y después se enteró de “que el hombre había fallecido”. Su hija, Laura Villaflor, ratificó a PáginaI12 que Olivera fue uno de los tres guardias que mataron a su padre, en una golpiza posterior a la sesión de tortura, y no luego de tomar agua de un inodoro, según otra versión. “Todo el tiempo se contradice, pero va reconociendo, dice ‘yo llevaba y traía detenidos, yo llevé a Raimundo Villaflor que tomó agua, pero no lo vi’, pero mi papá no murió por eso, él salió de una sesión de tortura que conducía (Héctor) Febres, mordió a un guardia y por eso lo golpearon”, dijo la mujer.

Al momento de las preguntas, los funcionarios del juez federal Sergio Torres le pidieron detalles sobre la mujer que ató a la cama, Telma Jara de Cabezas. “Recuerdo que estaba desnuda, que era en el subsuelo, en el lugar que llamaban huevera, había ocho o nueve personas en las mismas condiciones y había oficiales vestidos de civil”, indicó el imputado. “Me enteré de que a algunos los torturaban para sacarles información, que usaban picana eléctrica, decían que eran montoneros pero no sé qué criterio tenían”, precisó Olivera. Preguntado por Su Señoría para que diga de qué personas recibía órdenes, respondió que “de uno que llamaban Marcelo (Ricardo Cavallo), de Febres, de un tal Colores (Antonio del Cerro, fallecido), de (Juan Antonio) Azic”. La memoria del represor no le falló al describir que “en el altillo estaban en colchonetas, esposados, con grilletes y capuchas”, y también demostró conocer el lugar que denominaban “pecera” donde “trabajaban”. Entre los detenidos dijo recordar al grupo Villaflor, a Víctor Basterra y a Carlos Lordkipanidse. “Lo vi en televisión por estos días, por eso me acordé de él”, acotó. Antes de terminar la declaración, le preguntaron a la abogada Julieta Marchesse si deseaba hacerle alguna pregunta a su defendido, a lo que la letrada respondió que no “debido al estado en que se encuentra (llantos y nervios)”. ¿Quiere usted agregar algo más?, le dijeron a Olivera. “Nada más, quiero terminar con esto ya”, contestó antes de partir hacia Devoto.

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Raimundo Villaflor, dirigente sindical torturado por el mismo Lindoro.