martes, 15 de julio de 2008

12


Hace algunas semanas vi la película del director Nikita Mikhalkov, “12”. Es un remake de Doce hombres sin piedad de S. Lumet, 1957. Creo que no destrozo la película si digo que son doce miembros de un jurado que después de asistir al juicio tienen deliberar sobre si el reo es culpable o no. La primera votación da un resultado de 11 a favor de la condena y uno en contra. A partir de ahí el análisis de cada uno los 12 sin piedad y los argumentos para defender su veredicto particular. La película de Lumet, magistral; la Mikhalkov, buena.

No es de crítica de cine de lo que me voy a ocupar, sino que al ver esta película me ha hecho reflexionar sobre los juicios y prejuicios y la facilidad con que éstos se hacen. Como prejuicios que son se hacen sin fundamento, sin argumentos que defiendan lo emitido. Se hacen desde la impunidad y sin calibrar las consecuencias que los mismos pueden traer. Se cuestiona la honorabilidad, la profesionalidad, o lo que haga falta, pero con una facilidad pasmosa, aterroriza caer en un charco donde nadan impunemente estos prejuicios.

El problema se agrava porque en muchos casos se han podido asociar al desconocimiento, al carácter impetuoso o impulsivo de quien los emite, en definitiva se puede decir es falta de reflexión y sosiego a la hora de opinar. Lamentablemente creo a lo anterior hay que unir cierta predisposición a hacer daño, es decir, emitir opiniones a sabiendas que van a causar daño. La banalidad y ese deseo de hacer daño no tienen límites.

Hasta ahora había pensado que las acciones humanas eran juzgadas en tres instancias; la conciencia de cada uno, la justicia y para los que creen sus dios o dioses que les esperan al final. Sin embargo, ahora una nueva instancia, la de los pequeños dioses que en prejuicios asientan sus discursos, llenos de verdades incuestionables, absolutas y arrastran a cualquiera por el lodo que se forma cuando sus lenguas derriban a quienes no tienen defensa. Son estos pequeños dioses, unos seres que se multiplican de forma prolífica. Sálvese quien pueda caer en sus garras. Te agarran en sus fauces y no te sueltan porque no razonan, no escuchan sino lo que quieren escuchar, se arrullan oyéndose, se auto-justifican y se alaban a sí mismos sin pudor alguno; sus verdades son verdades absolutas, no admiten discusión, la infalibilidad les caracteriza. En fin se convierten en adalides de la verdad y de la justicia porque son como son. Procuren no cruzarse en su camino con estas especie, sucumbirán sin remedio y sin respiran lo harán con miedo.