martes, 9 de diciembre de 2008

VIAJE A LA HABANA

He aprovechado este largo puente para ir a La Habana. Sí he estado, pero de una forma singular, sin estar. Lo aclaro como no he estado en La Habana, voy de vez en cuando con mis lecturas y mi imaginación, claro. Esta vez me acompañaron en el viaje Guillermo Cabrera Infante, su espíritu que se pasea por las líneas y las páginas de La ninfa inconstante, que se ha publicado este año por Galaxia Gutenberg; Eliseo Alberto lo hizo desde Dos Cubaslibres “nadie quiere más a Cuba que yo”, publicado por Península el año 2004. Cierto dolor en ese amor por la Ciudad. Por último Gastón Baquero y Lezama Lima (La Habana; Verbum, 1991) completan los anfitriones de mi viaje. Imposible estar mejor acompañado.

Guillermo, perdonen la confianza por llamarlo sólo por el nombre de pila, derrama cierta melancolía por La Habana de la que habla desde la distancia y son los recuerdos modificados y adaptados por la memoria los que me acompañan, aunque no pierde su humor y las “habanidades” saltan en cada página:

La luna es un afrodisiaco ambulante, cité al verla sobre las irreales torres del hotel convertidas por el pálido fuego de su luz, en las torres del Ilium. “O lente, lente currite noctis equi”, casi declamé.

-¿Qué cosa?

-¿Qué qué?

-Qué dijiste.

-Lentos, lentos, corran oh caballos de la noche.

-¿Qué cosa es eso?

-Un verso.

-¿Tú haces versos?

-Yo no. Un amigo que se llama Ovidio.

-¿Ovillo? ¿Qué clase de nombre es ése?

-Es un nombre latino

-¿Latinoamericano?

-No diría tanto. La ninfa inconstante, p. 44

Habla con Estela, su ninfa, que era bella, muy bella y Guillermo nos dice dónde radica la belleza de Estela, su ninfa.

La belleza es de la juventud y ella era bella porque era joven. Nunca la vi envejecer y me alegro porque debió perder todo lo que la hacía deseable. Creía, antes, que el amor la hacía bella, pero era solamente una vanidad mía, mi vanidad de creer que ella estaba enamorada de mí. No estaba enamorada de nadie, ni siquiera de ella misma. Sobre todo no de ella misma. Ob. cit. p. 185.

Ver como cae la luz de la tarde le pone algo poético y los atardeceres son otra cosa visto con sus ojos algo achinados, ojos que se cierran y remueve sus recuerdos de La Habana perdida:

[…] Pero ese día, ese largo día de junio, acababa en un crepúsculo (porque no era un atardecer cualquiera) aparatoso, cuya pirotecnia se veía en el otro horizonte del otro mar, mientras la calle en declive se volvía malva, gris, azul en contraste con los oros y rojos del poniente.

Sé que todo esto me hace parecer un impresionista tardío, Pisarro, pintor y celebrador de la ciudad luminosa bajo un sol pálido. Pero era así como veía la tarde (que apenas me importaba) convertirse casi en la noche que yo quería, que buscaba y que iba a encontrar pronto: en el trópico el día termina, como algunas relaciones tropicales, abrupto, súbito y definitivo. Pero todavía quedaba luz.

Guillermo Cabrera Infante [1929-2005], La ninfa inconstante, 2008

La distancia con la que Guillermo y Eliseo Alberto ven a La Habana, distancia marcada por el exilio –obligado- despierta la añoranza por sus lugares, sus aromas, todo lo que hace la ciudad más cercana al individuo, más humanizada. Me hubiese gustado preguntarle a Guillermo por lo que dice Eliseo de la Habana desde lejos cuando le preguntan….

-¿Extrañas La Habana?

-Extraño su embrujo. Siempre me he preguntado por qué diablos los habaneros y las habaneras pasamos el santo día y la maldita noche pateando el malecón de punta a rabo, casi desnudos, musicales, aburridos y bailadores, mientras a escondidas el salitre del Caribe roe y roe las fachadas con sus colmillos de rata. […] El que la aprende a amar, y no resulta obligatorio haber nacido allí para sentirlo, acaba alucinando: entonces imagina la islita en medio de ese mar azul e implacable, bajo aguaceros torrenciales, agredida ola a ola por mareas cambiantes. Para bien o para mal, estamos embrujados. [pp. 34-35]

Cuba es quien diablos la quiera. Me explico: donde sea que nos encontremos, los cubanos nos comportamos como aquel célebre personaje que iba con un ladrillo en la mano para explicar lo confortable que había sido su casa antes del derrumbe [p. 57]

Los muertos necesitan bien poco para seguir vivos. También La Habana. Porque la ciudad entera ha terminado siendo como esa Criada que murmura en el cuarto del fondo. Soberbia y suave, frívola o cálida, va cambiando de ropaje y de cara según avanza el día, siglo por siglo. El sol la tiraniza. A la mañana, viste una bata de hilo; a la tarde un traje bordado (y zurcido) a mano. Ya queda poco de su pasado señorial. No le preocupa. Nada le asusta. A la noche se desnuda. La luna la libera. Acostada en el malecón canturrea: vieja loca. Recuerdo esas escaleras que no terminan en ninguna parte o aquellas ventanas de persianería francesa rotas por la desidia, madre de la miseria, detrás de los balcones donde alguna vez se posó la vida como un pájaro. Los techos de La Habana crujen. Los fantasmas pesan.

Eliseo Alberto [1951], Dos Cubaslibres, 2004

La Habana que cambia de ropaje según la hora del día, el momento me recuerda las charlas que tenía con Adrián alemán sobre La Laguna y esa metáfora que usaba con frecuencia comparándola con la abuela cariñosa, algo “enrabiscada” y todo el día pendiente del fogón y los calderos, pero con el delantal algo raído y con manchas de tiempo. Cada ciudad tiene su impronta que quienes la viven la interpretan, la tamizan con su geografía particular, que la que practicamos cada uno configurando ese mapa mental que te permite caminar por la ciudad eligiendo la mejor ruta no por ser la más corta, sino la que más te gusta, que es un criterio muy interesante y que con cierto afán aventuro descubres nuevos espacios, nuevas imágenes que te estaban vedadas, a veces porque simplemente no levantabas la vista más allá de la altura de tu frente. Lezama Lima, nos lo explica como él lo vive para su ciudad: La Habana.

[…] La Habana puede demostrar que es fiel a ese estilo y al estilo que perfila la raza. Sus fidelidades están en pie. Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía un ritmo. Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico. Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre, presto, de respiración de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo. Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo, -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas. La Habana conserva todavía la medida del hombre. El hombre le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible. Esa clásica y clara medida del hombre le lleva a abominar de la vida nocturna. La Habana, venturosamente, después de las doce de la noche, cierra su flor y sus curiosidades.

José Lezama Lima, 13 de octubre de 1949

Días propicios al paseo, así saboreamos con más lentitud una calle que se nos había hecho invisible o nos demoramos contemplando casonas que no nos habían rendido su espíritu. Pues las calles exhuman sus disfraces de personas: unas son mate e inexplicables para nosotros; otras se adelantan, nos dan la mano, caminan a nuestro lado, hinchando los trojes de una bien hilada conversación. En estos días, cae sobre la ciudad lo que los romanos del recuerdo y no los de la conquista llaman “la tristeza de la piedra”.

José Lezama Lima [1910-1976], 8 de noviembre de 1949

La identificación total entre un hombre y una ciudad es un signo de superior cultura. La ciudad es una segunda naturaleza, la naturaleza creada por los humanos, que la hacen más habitable que la otra. Para el hombre de ojos y oídos abiertos, la ciudad es en grande el espejo del vientre de la madre, que es donde se siente vivir de veras el enraizado a fondo en su tierra. A Lezama había que verlo mirar una piedra vieja, un edificio en ruinas, una fuente colonial: con eso era suficiente para ver la ciudad entera. Tenía el ojo-microscopio, el que ve debajo del piso la araña y la bibijagua, el pimpillo enredándose en las piernas de Anacaona.

Y los olores de la ciudad, el vaho del rocío mañanero, el humo de la tacita de café, el aroma de los mangos más el frito de las empanadillas y el sabor inigualable del café con leche, todo mezclándose, yendo y viniendo por el aire desde las seis de la mañana, más los gritos de los niños de cuna y los ladridos del perro de la vecina, todo entrándose por los poros del habanero pausado, contemplativo, razonante.

Gastón Baquero [1914-1997]; Madrid, febrero de 1991

José Lezama Lima, La Habana (JLL interpreta su ciudad), prólogo de Gaston Baquero, Verbum, 1991

No hay comentarios:

Publicar un comentario