viernes, 26 de diciembre de 2008

LA IGLESIA Y LA DICTADURA ARGENTINA


Tal y como dice Diego Martínez, periodista en su trabajo publica en Página 12 a paso cansino se van poniendo sobre la mesa las responsabilidades de los crímenes de lesa humanidad cometidos en Argentina durante la dictadura militar comanda por Jorge Vilela. Es cierto que es a paso cansino, pero no cesa, y eso es vital para que la memoria de los desaparecidos no se volatilice en los vericuetos de la justicia o en lo políticamente correcto de “hay que olvidar”, “es mejor pasar página”, “no se les va a devolver la vida”. Expresiones como éstas no tienen cabida y colocan a quienes han sido responsables de esos crímenes con rostro y nombre delante de la ciudadanía que los contempla con horror, con odio –es casi normal- y el vivo deseo de verlos ante un juez que aplique justicia con justicia.

El papel de la iglesia como institución en la dictadura fue determinante para justificar y darle “validez” a los actos cometidos contra los ciudadanos. La iglesia “bendecía” los actos criminales sin ningún rubor, sin la más mínima de reflexión sobre sus actos, o a lo mejor sí, y era esa represión brutal no sólo justificada sino deseada para salvar almas.

Es una lástima que algunos como el vicario Adolfo Tortolo no llegara a sentarse ante un juez, la muerte como salvación le llegó antes y privó a la ciudadanía ese acto de justicia, justicia en la que él no creía, ni tampoco creía en derechos. Este recordatorio de un personaje como éste –Tortolo-, que es una lacra social tiene que servir para no se esfume la memoria de las víctimas y de camino colocar en su sitio a esta institución, que en nombre de no se sabe qué, ha contribuido a largo de su historia en el sufrimiento de la Humanidad.

Viernes, 26 de diciembre de 2008

Revelaciones sobre un ex titular de la Conferencia Episcopal en la dictadura

El vicario que predicaba el terror

En la causa por delitos de lesa humanidad en Entre Ríos, los testigos contaron que el fallecido Adolfo Tortolo justificaba las torturas y los crímenes cometidos con “armas bendecidas”.

Por Diego Martínez

En diciembre de 1975, como presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y vicario general castrense, Adolfo Servando Tortolo, anunció un inminente “proceso de purificación”. Después del golpe de Estado, advirtió que “los principios que rigen la conducta del general (Jorge) Videla son los de la moral cristiana”. Cuando el país era un gran campo de concentración, defendió la tortura ante sus pares con argumentos de teólogos medievales. Murió impune en 1986. En las últimas semanas, su nombre resurgió con fuerza en el marco de una causa por crímenes de lesa humanidad: sobrevivientes de centros clandestinos de Entre Ríos relataron que el entonces arzobispo de Paraná recibió a personas secuestradas en su residencia, las visitó en cautiverio, vio cuerpos deshechos por la tortura y predicó el “por algo será” ante hombres que horas después desaparecieron para siempre.

El paso cansino de los procesos reabiertos hace un lustro, sumado al largo cuarto de siglo de impunidad plena que lo precedió, deriva en situaciones insólitas. Víctimas del terrorismo de Estado, organismos de derechos humanos y hasta periodistas de Entre Ríos vivieron con euforia, como si se tratara de un verdadero juicio, una de las primeras etapas de la causa con mayor cantidad de víctimas de la dictadura en Paraná: la de las declaraciones testimoniales, el relato de los padecimientos en cautiverio en manos de militares y policías aún libres y sin castigo. [seguir leyendo]