martes, 27 de enero de 2009

MÁS SOBRE MÉXICO


No es una obsesión, pero cuando me interesa un tema o se me abren interrogantes sobre algo que he leído intento ahondar en busca de respuestas. Respuestas que no encuentro porque como he repetido en más de una ocasión en estas entradas, al final en lugar de respuestas encontramos nuevos interrogantes. En esa línea he buscado en las viejas lecturas y traigo un texto de Héctor Aguilar Camín, escritor mexicano que conoce muy bien a su país y lo retrata sin pasión, así que de su novela “La conspiración de la fortuna”, publicada en 2005 he extraído el siguiente texto. Espero que sea de su interés.

Difícil o imposible describir un país. No es una cosa clara, es una teoría de nuestros afectos, una ilusión de mapas orgullosos que aprendimos en la escuela. En los tiempos de que hablo, el mío era un estruendo de cambios silenciosos. Estaba partido en dos, o en diez, preguntándose quién era. Había abierto sus puertas a todas las plagas de la modernidad, pero tenía el ombligo viejo, cosido a sus siglos inmóviles. Era todas las cosas que había sido y algunas de las que deseaba ser, indio en sus pérdidas, blanco en sus privilegios, mestizo en sus tristezas, gringo en sus negocios, europeo en sus letras, conquistador en sus sueños, conquistado en sus penas de pueblo llano, resignado de sí. Perseguía su propia sombra confundiéndose con ella. Era futurista en el día y tradicional por las noches, seguía sintiéndose una aldea originaria pera era ya un solo airón de ciudades en marcha llenas de muchachos morenos, callados, perdidos, trasplantados, nómadas. Aparecían estadios, hoteles, autopistas, puertos en las bocanas de los ríos, trampas de cría de peces en los lagos, cadenas de hoteles en las antiguas caletas. En las cuencas del golfo quemaban gas toda la noche las plataformas del petróleo. Pirámides prehispánicas eran rescatadas de los bosques con planes de inversión que sellaban el orgullo nacional y daban rentas turísticas. Una ola de sátira en las letras y feísmo en las artes rompía los muros del realismo cómodo, el folclor patrio-sublime que había sido marca de la casa de nuestra república, sabia en todas las formas de falsa autoctonía.

Cuando empezaron a decir que Sebastián y los suyos querían tomar por asalto el país, yo pensé que lo que hacían en realidad era subirse a los cambios que ya habían llegado y nadie quería ver. Querían, en todo caso, darles nombre a esos cambios, su nombre, hacerlos suyos y multiplicarlos con vigor despótico, como si no supieran bien, tampoco ellos, que los cambios tenían ya su propio paso y ellos iban sólo acompañándolos.

Héctor Aguilar Camín, La conspiración de la fortuna, Planeta, 2005; [pp. 131-132]