sábado, 10 de enero de 2009

LOS LIBROS


No creo que los libros, sólo los libros, den la felicidad, pero que contribuyen y muchos en lograr esos estados en los que estás bien contigo mismo, que viene a ser algo así como la felicidad, por eso creo que Juan Carlos Botero tiene razón hasta ordena la biblioteca es una buena tarea, y sobre todo elegir las lecturas, porque cuando eliges quitas, eliminas, pero eso es bueno. Siempre.

Los libros y la felicidad

Juan Carlos Botero | 9 Enero 2009 - 9:56pm

Por: Elespectador.com

“ORDENAR UNA BIBLIOTECA ES UNA manera silenciosa de ejercer el arte de la crítica”, observó Borges. Y es cierto. Mientras se colocan los libros en los estantes, se dividen según nuestros gustos y criterios, y ahí, aunque lo sepamos o no, estamos haciendo una tarea de clasificación, una tarea valorativa. O sea: crítica.

Me acordé de esta cita hace poco debido a que tuve que organizar mi biblioteca por completo. Los anaqueles estaban repletos, y era urgente un proceso de limpieza. Empecé moviendo un libro y luego otro, y al cabo tenía un desorden tan grande que mi estudio parecía salido de un naufragio, con todos los libros revueltos. Entonces aplacé el asunto por las urgencias diarias del trabajo, pero una tarde no encontré un texto esencial por más que lo buscara, así que dejé escapar un suspiro y, sin más remedio, me puse manos a la obra. El ejercicio fue agotador, pero ante todo instructivo. Siempre he organizado mis libros de la misma manera: no sólo según sus temas sino según su importancia para mí, pues me gusta tener a la mano, lo más cerca posible, los libros que más utilizo, los que más consulto y los que más me enseñan el oficio de la literatura. Éstos no siempre son los mismos, y los autores cambian según la época, el interés del momento o el libro que estoy escribiendo. Algunos siempre han ocupado un lugar especial en mi escala de valores, y varios están tan trajinados que tienen las páginas sueltas y se mantienen juntos gracias a la ayuda de cintas elásticas. En todo caso, mientras organizaba mis ejemplares predilectos, a la vez comprendí que la dispendiosa tarea de ordenar una biblioteca es una manera de ejercer, ante todo, la auto-crítica. Imposible no sentir cierto desaliento al encontrar libros que me había jurado leer algún día, y que ahí siguen, todavía intactos. O la alarma al revisar tomos que yo no abría hacía años, y mientras releía frases subrayadas y hasta mis propias notas escritas en los márgenes, comprobé lo mucho que había olvidado esas lecturas. Y también confirmé la evolución del gusto personal, porque varios autores que en otro tiempo leí con avidez hoy no los soporto. En fin, lo que más se nota, al ordenar una biblioteca, es el paso arrasador del tiempo, y la paradoja de sentir lo mucho y lo poco que todas esas lecturas han dejado en la memoria. Confieso que procuro ser un lector hedónico, pero hay muchos libros, por supuesto, que no he leído por placer sino por razones profesionales. Aun así, lo cierto es que los únicos libros que recuerdo como si los acabara de cerrar, son los que he leído con pasión. Y por eso siempre tengo presente un programa de televisión que vi hace años de Carl Sagan, dedicado a los libros. El astrónomo se preguntaba qué libros se debían leer, y la imagen era inolvidable, porque la cámara enfocaba de cerca a Sagan, quien hablaba de espaldas a unos anaqueles atestados de libros, y él decía que si una persona lee bastante, y si además vive bastante, habrá leído unos cuantos miles de libros en toda su vida, una vasta cantidad que Sagan mostraba con un gesto de la mano. Entonces la cámara se retiraba, y se veía a Sagan en medio de la Biblioteca Pública de Nueva York, y la inmensa cantidad de libros leídos era apenas una fracción insignificante de los millones de libros existentes. La lección era clara: hay que escoger bien las lecturas, porque cada libro seleccionado significa descartar otros miles. Pero, ¿cómo escoger los correctos? La respuesta la dio el mismo Borges: si un libro te aburre, déjalo, porque los libros son una forma de la felicidad, y la felicidad no es obligatoria.

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