lunes, 15 de septiembre de 2014

FÉLIX EL CANARINHO DE LISBOA. (RECORDANDO LA CIUDAD)



 
   De la mano de Oswaldo Bordón como director artístico y José Félix Álvarez, Factoriadelarte estrenó el pasado viernes doce de septiembre en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna, el espectáculo de teatro musical, Félix el canarinho de Lisboa. Los recursos audiovisuales acompañaron a la música y a un texto delicado y profundo en el que se ponía en boca de Félix sus desasosiegos amorosos y sus convicciones en aquellas cuestiones vitales, como la libertad.

            Una puesta en escena sobria, y dando volumen un juego de luces convierten a este espectáculo en una pieza muy recomendable. Si el texto es la esencia, la música en la voz de Fátima Rodríguez adquiere una calidez y un sentimiento fuera de lo común. En mi caso añado como incentivo para disfrutar de este espectáculo el deseo que su contenido dispare mi nostalgia por Lisboa, ciudad con un encanto especial, distinto, si cabe, pero que ejerce cierto magnetismo si la has visitado. Puede que ese magnetismo esté incrementado por las lecturas, no solo Saramago o Pessoa, que también, pero yo siento una especial predilección por un autor y un libro: José Cardoso Pires y su libro: Lisboa. Diario de a bordo. Voces, miradas, evocaciones; publicado por Alianza Editorial, 1997. Ya el título es muy sugerente y es una invitación a su lectura y a conocer la ciudad, pero como se debe conocer, es decir más allá de las rutas turísticas, las guías oficiales o los museos.
            Claudio Magris es aún más rotundo: “Para conocer una ciudad hay que vivirla”. Hago intentos en cada ciudad que visito de comportarme como un usuario, un vecino de la misma, que me lleve por sus calles con ojos curiosos y que me permitan ver lo que sus usuarios ven, así como percibir sus olores y sus texturas. Lisboa parece creada por sus moradores para ese ejercicio. Es casi obligado conocerla.

            En un intento de estimular su curiosidad les dejo con estos fragmentos de Cardoso Pires. Que los disfruten.

 “Apenas amanece, te me apareces posada sobre el Tajo como una ciudad que navega. Es natural: cada vez que me encuentro en alturas desde las que creo abarcar el mundo, en la cima de un mirador o sentado en una nube, te veo ciudad-nave, barca con calles y jardines por dentro, y hasta la brisa que corre me sabe a sal. Hay olas de mar abierto dibujadas en tus calzadas; hay anclas, hay sirenas. El combés, en ancha plaza con una rosa de los vientos bordada en el pavimento, está gobernado por dos columnas surgidas de las aguas, que montan guardia de honor a la partida hacia los océanos. Parecen flanquear la proa o ésa es la impresión que dan; detrás, a pocos pasos, un rey-niño sobre un caballo verde está mirando a través de ellas hacia el otro lado de la Tierra y a sus pies se ven nombres de navegantes y fechas de descubrimientos inscritos en basalto sobre la plaza batida por el sol. Enfrente corre el río hacia los meridianos del paraíso. Es le Tajo al que cronistas alucinados pueblan tritones que cabalgan sobre delfines.” [ob. cit. págs. 9-10]




            “… hay viajeros museo, para los cuales este mundo tiene que estar siempre muy bien fechado y ordenadito; hay de todo. Pero nadie podrá conocer una ciudad si no la sabe interrogar, interrogándose a sí mismo. O sea, si no trata de descubrir por su cuenta los azares que la vuelven imprevisible y el misterio de su más íntima unidad.
            Pero no solo es luz y río, como bien sabes. No es solo geografía, revelaciones o memorias, ni el vacuo palabrerío de los manuales y  de los oradores fracasados. Hay voces y olores reconocibles –olores, claro que sí: el del pescado en sal y barrica de las tiendas de la Rua do Arsenal, sin ir más lejos; el del mar, a ciertas horas, en los muelles del Tajo; el de las noches de verano en los jardines de A Lapa; el de los almacenes de aparejos marineros en Santos y el Casi do Sodré; el del pescado asado a la parrilla a la puerta de las tascas en rincón o travesía, desde el Bairro Alto a Carnide; y, en el invierno, por las calles, el olor humeante de las castañas asándose en los hornillos de los vendedores ambulantes”. [ob. cit. págs.. 12-13]

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