viernes, 5 de febrero de 2010

OTRAS LECTURAS: SI LOS MUERTOS NO RESUCITAN. PHILIP KERR

En la última ocasión en la que escribí sobre una obra de Philip Kerr, recuerdo que fue de Unos por otros, última parte de su tetralogía Berlín Noir. La verdad es que no me llenó su lectura, porque uno siempre espera más de sus autores preferidos. Me pareció poco relevante el papel de Bernard Gunther, el protagonista. Daba la impresión que Philip Kerr se cansara de su personaje. Ahora en Si los muertos no resucitan, RBA, 2009, Gunther vuelve más activo, más en la línea de los comienzos de Berlín Noir, su sarcasmo, su genio y animadversión al nazismo se hacen más patentes, yo diría que hasta más viscerales.

La acción se sitúa, como no en la Alemania nazi, años treinta, previos a la Olimpiada de Berlín y ésta viene a ser el eje que permite la conexión de la mafia americana, el nazismos, los negocios especulativos y de construcción sirven de nexo, junto con el creciente antisemitismo que una periodista americana en Berlín intenta conocer y explicar a sus lectores americanos. Estos elementos se conjugan para lograr una trama, varias articuladas, de manera que el libro se hace interesante página a página, no languidece y a lo largo de su recorrido como lector deseas que no acabe, que siga.

Reitero, una vez más el marco histórico en el que se desarrollan las tramas de Philip Kerr y que nos acerca a una etapa apasionante y de mucho interés por la trascendencia que tuvo en épocas posteriores.

Su lectura es recomendable, así que les dejo con algunos párrafos. Espero que les resulten interesantes.

El hipódromo de Pichelsberg se encontraba en el extremo norte del Grunewald, con el estadio –construido según un diseño de Otto March e inaugurado en 1913- en el centro y rodeado por las pistas de carreras y de ciclismo. Al norte había una piscina. Eran las instalaciones que se habían construido para las canceladas Olimpiadas de Berlín de 1916. En las gradas, con capacidad para casi cuarenta mil personas, había estatuas, como la de la diosa de la victoria y un grupo de Neptuno, pero ya no estaban. No había nada. Lo habían tirado todo, hipódromo, estadio y piscina incluidos, y en su lugar se abría un terraplén enorme: una montaña inmensa de tierra, que habían retirado para excavar un pozo en forma aproximadamente circular, donde supuse que levantarían el estadio nuevo. Aunque no parecía posible, como suele pasar con las suposiciones. Faltaban menos de dos años para el comienzo de los Juegos Olímpicos y todavía no habían colocado ni un ladrillo. Al contrario, habían derribado un estadio en buen uso, construido pocos años antes, para hacer sitio a la batalla de Verdún tal como se la imaginó D. W. Griffith. [ob. cit. págs. 194-195]