martes, 14 de abril de 2009

OTRAS LECTURAS: MORRIS GLEITZMAN


Que te hagan un regalo siempre es un placer, pero es un doble placer, o triple, cuando el regalo es un libro. Sabes que es un libro, su forma es inconfundible, pero la sorpresa está en saber qué libro será. Mientras abres el paquete, sin romper el papel, pasan por tu cabeza autores, título y más autores y más título porque sabes que lo que está envuelto tiene que ver con algo que has dicho, algo que has comentado, o simplemente, que ya saben por lo que tienes especial predilección.

Aquí les dejo el inicio de Una vez, de Morris Gleitzman. Espero que les resulte interesante.

Una vez estuve viviendo en un orfanato en las montañas, un lugar en el que nunca debí haber estado y en el que casi provoco una gran revuelta.

Todo por culpa de la zanahoria.

¿Sabes cuando una monja te sirve la sopa muy caliente de una olla muy grandes y te hace inclinarte tanto para que no gotee, que el vaho de la olla empaña tus gafas, y no las puedes limpiar porque estás sujetando el plato y la neblina no se va, aunque reces a Dios, a Jesús, a la Virgen María, al Papa y a Adolf Hitler?

Pues eso es lo que me está pasando ahora mismo.

Me las apaño como puedo para encontrar el camino de vuelta a mi sitio. Utilizo mis oídos para orientarme.

Dodie, que siempre se sienta a mi lado, hace mucho ruido al sorber porque tiene los dientes torcidos. Me pongo el plato sobre la cabeza para que ningún niño me quite mi sopa y los sorbidos de Dodie me guían en medio del vapor. Voy a tientas hasta que encuentro el borde de la mesa y apoyo el plato, y me limpio las gafas.

En este momento veo la zanahoria.

Está flotando en mi sopa, se ve enorme entre las hebras de col y los pedacitos viscosos de cerdo grasiento, las cuatro lentejas y los trozos de escayola gris del techo de la cocina.

Una zanahoria entera.

No me lo puedo creer. En tres años y ocho meses que llevo en este orfanato nunca había tenido una zanahoria entera en mi plato. Ni yo ni nadie. Ni siquiera las monjas tienen una zanahoria entera y eso que ellas se sirven raciones mucho más grandes que nosotros, los niños porque necesitan energía extra para ser santas.

Gleitzman, Morris; UNA VEZ, Kalas ficción, 2008. Pág. 9-10