
Denise Affonço en El infierno de los jemeres rojos, Libros del Asteroide; 2010, aporta su
testimonio a lo sucedido entre 1975 y 1979 en Camboya, época en la que pasó
casi cuatro años en los campos de reeducación –extermino- creados para sacar a
la población del siglo XX e intentar llevarlos a un modelo de sociedad de base
agraria propia de la época medieval (solo los supervivientes, si los había).
El relato hecho de forma
desapasionada y después de haber tenido la posibilidad de salir del país porque
trabajaba en la embajada francesa, sin embargo por su familia, su esposo,
comunista convencido sería una de las primeras víctimas de los jemeres, y lo
sería por su condición de intelectual. En ese relato describe el trato
recibido, las condiciones de vida y la permanente caída en la degradación más
absoluta, que ni las palabras son capaces de recoger hasta donde se puede
llegar esa pendiente por la que circula el proceso de deshumanización del
individuo.
Como toda la literatura
concentracionaria su lectura lleva aparejado un ejercicio de contención de emociones
y de reflexión permanente de cómo y por qué el ser humano es capaz de idear
modelos de sufrimiento para sus congéneres sin ningún límite, hasta el punto
que en muchas ocasiones la muerte puede sonar a liberación, acabar con el
sufrimiento al que se está sometido.
Sé que este tipo de lecturas no
despierta las emociones, pero creo que son necesarias, esenciales para intentar
entender al ser humano y ver dónde es capaz de llegar su grado de maldad y
desprecio a sus semejantes.
"La carne de vaca o de cerdo era tan escasa que solo la comíamos en las grandes ocasiones, como en el aniversario de la victoria de los jemeres rojos, en abril. terminamos incluso comiendo carne podrida y cubierta de gusanos. un día, mataron dos bueyes enfermos y enterraron los cadáveres; unos días más tarde fuimos con otras dos mujeres a desenterrarlos. Estaban en un estado avanzado estado de descomposición, la carne era verde y amarga y estaba cubierta de gusanos, pero teníamos que calmar nuestros estómagos. cuando no quedaron peces ni espinacas acuáticas, llegó el turno a las cucarachas. Pululaban por las chozas y de noche, después de trabajar, las cazábamos en las grietas de la pared. Al final, aquella especie también empezó a escasear...

Cuando terminó la época de la cosecha, en enero, los yautheas vinieron a repartir el arroz con cáscara, pero solo dejaron a los habitantes del pueblo el mínimo estricto hasta la siguiente recolección. El resto de las existencias se marchó con ellos.
Nosotros no paramos. En febrero, tuvimos que cavar balsas para recoger el agua de la lluvia, un producto escaso y valioso en la región. Más tarde, nos enteramos de que esas supuestas reservas de agua no eran otra cosa que nuestra futura tumba. No había ninguna máquina para ayudarnos: cavábamos y picábamos en una tierra endurecida por la sequía." [Ob. cit. págs. 96-97]
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